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A finales de los noventa, Fernando Botero sintió la necesidad de completar su visión de la realidad de su país, aunque desde luego no movido por el compromiso social: “No aspiro a que estos cuadros vayan a arreglar nada”, afirmó en 2001. “No estoy haciendo arte comprometido, ese arte que aspira a cambiar las cosas, porque no creo en eso”. Más bien parece algo así como coherencia profesional: el artista se debe a sí mismo cierta exhaustividad, y eludir el fenómeno de la violencia en Colombia supondría hurtarle una buena dosis de la realidad a su obra. Surgió así una larga serie de trabajos en los que acomete el tema de la violencia en su país; frente a su habitual versión amable del mundo, arraigada tanto en el Renacimiento como en el muralismo mexicano, con ironía y una voluptuosidad tropical en los volúmenes y en los colores -en definitiva, una concepción del arte marcada por la celebración, el humor y cierta pronunciada poetización de lo representado-, el artista retoma los temas que ya habían salpicado aquí y allá su obra desde su primera Mujer llorando (1949). Donados por el artista al Museo Nacional de Colombia en 2004, aquellos cuadros se exponen hoy en Palma.

[Fernando Botero, Una mirada diferente, catálogo de exposición, textos de Santiago Londoño y Beatriz González, Alicante: Caja de Ahorros del Mediterráneo, 2007, 136 pp.]

El ejemplar que yo tengo lo compré en la Biblioteca Pública de Chicago, rescatado de entre todo lo que consideraban inservible y que, para deshacerse de ello, vendían a precio de saldo. Lo leí durante un otoño en el que me encontraba enfrascado en estudios sobre las ciencias y sus filosofías, y lo cierto es que conseguió abrirme todo un ventanal de ráfagas de aire fresco en la enmarañada selva de ecuaciones y teorías sobre la realidad. Aviso para navegantes: aunque su autor lo sea, para leer esta novela no se precisa ser doctor en Física; con abrir la mente al mundo inconsciente, azaroso y desconcertante del tiempo, basta y sobra. Nunca el cálculo de mundos posibles según el baile de las horas –hacia adelante o hacia atrás, inmóvil, a brincos, de puntillas, en espiral, jugando al escondite– había sido tan conmovedor como en esta visión inspirada en los sueños y pesadillas que pudo haber tenido (que acaso tuvo) el bigotudo genial. Y no me estoy refieriendo a Groucho Marx, aunque también podría haber sido él.

[Alan Lightman, Einstein’s Dreams, Nueva York: Pantheon Books, 1993, 180 pp.]

Asomándose a los contornos de lo humano, Teresa Matas dibuja un mapa contextual y de matices que, sin resolver directamente la cuestión central, señala eficazmente algunas de sus fronteras. El dolor y la muerte, la duda permanente, la condición desvalida del ser humano y de la mujer en particular, son fenómenos que quedan sin aclarar en una exposición significativamente titulada Abriendo cerrando, cerrando abriendo; pero que, en todo caso, son sometidos a fructífero asedio y dan origen a un apasionante mundo de sensaciones que nos ilumina. El horror y la duda, nos dice Matas, no están lejos de nuestro entorno de presunta seguridad, ni del sexo, ni del ámbito del espíritu que teóricamente debería cumplir también funciones de amparo. Tras el magnífico montaje del pasado marzo-abril, llega este espléndido catálogo que lo ilustra, con textos de Isabel Cadevall (la comisaria de la muestra), Piedad Solans, Alicia Murría, William Jeffett y Pilar Baos.

[Teresa Matas, Abriendo cerrando, cerrando abriendo, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Ajuntament de Palma, 2007, 160 pp.]

Recuento de la relación amorosa entre un sociólogo y una física, su posterior ruptura sentimental (ella se enamora de un universo paralelo, un espacio vacío, una nada que han creado en el laboratorio de la Universidad donde ambos trabajan), y los derroteros por los que les llevan las obsesiones de la una y del otro. Imaginen que el Vacío experimental tiene sus propios gustos (prefiere una granada a unos huevos revueltos, una bombilla a un piolet, y un calcetín de rombos a una pajarita), que para ella eso lo convierte en una entidad de personalidad arrolladora, pero que para él se revela como un contrincante imbatible: lo indescriptible, lo que no manifiesta ninguna cualidad física, tampoco adolece de ningún defecto. Poético, en ocasiones desternillante, inteligente y fino. Una maravilla que cabe en cualquier mochila, maletín o bolsillo para poder leerla en parques, metros o el váter. Y sin necesidad de enchufarla a la luz. Los poco duchos con el inglés cuentan con la traducción española de Mondadori.

[Jonathan Lethem, As She Climbed Across the Table, Nueva York: Vintage-Random House, 1997, 212 pp.]

Ganador del XI Premio de Novela Ciudad de Salamanca, Calle Feria es el retrato de una ciudad, de una época y de un país. Los fragmentos que componen el libro adoptan distintos formatos: ensayo, relato, reseña cinematográfica, comunicado gubernativo, diálogo dramático, fórmula magistral, diario personal, experimento a lo Queneau, diálogo mayéutico, carta, columna periodística de opinión… Aparte la destreza narrativa, dan unidad al conjunto un eficaz entramado de referencias directas e indirectas, la soledad y la incomunicación como leitmotive, el amor por la palabra como constante en la factura y en los contenidos, la preocupación por la responsabilidad del escritor y un posicionamiento ideológico claro a favor de los sometidos, los silenciosos o silenciados, los perdedores (de la guerra civil, de la historia, del mercado, del conflicto de los sexos). Una fábula magnífica que es, al mismo tiempo, un comprometido monumento a la complejidad de la realidad.

[Tomás Sánchez Santiago, Calle Feria, Sevilla: Algaida, 2007, 532 pp.]

Aseguran los prologuistas de este volumen que la ocasional desestructuración de su escritura es intencionada, que el público actual, acostumbrado a los cortes y flashbacks de las películas, lo entiende mejor que los contemporáneos de Arlt, que veían un fundido en negro entre escena y escena. Con todo, Arlt no es un innovador de lo narrativo (antes que él, Joyce ya había estado enredando con técnicas literarias que el cine adoptaría más adelante), pero lo que quiere hacernos saber lo dice bien. Y con gracia. Y con mucha mala leche, a veces. Otras, por el contrario, cubre las palabras con un pesado manto de tristeza y de derrota. Se las apañó, además, para escribir con un lenguaje florido y metafórico, en el que también insertó el habla de las gentes, de los porteños, sus insultos, sus tacos, sus dichos populares. Sartre y Camus, mediado el siglo pasado, observaron que el infierno son los otros, que siempre se es extranjero, incluso para uno mismo. Arlt ya nos lo había revelado 30 años antes que ellos, pero creo que a él no le hicimos demasiado caso entonces.

[Roberto Arlt, Los siete locos, (Flora Guzmán, ed.), Madrid: Cátedra, 1992, 352 pp.]

“Water Street”: “El mundo nos resulta ajeno, inhóspito. / Debiera ser destruido por completo. / Construir un mundo nuevo sin sus ruinas. // Y estrenar una vida diferente. // Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo / tampoco hallarán propio nuevos hombres. / También ellos querrán un mundo nuevo. // Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.” Urbe, sexo, crimen. Con aparente simpleza de formas, si se le echa un segundo vistazo (amén de los obvios hipérbatos y un par de figurillas más desperdigadas por ahí) se percibe que el ritmo que consiguen estos poemas surge desde dentro, y no por medio del significado de las palabras. Los cortes de línea no son semánticos, son rítmicos. Hay quien opina que su poesía es inconstante: a mi juicio, eso la hace aun más atractiva. He descubierto, además, que algunos de sus poemas que más me impresionaron tiempo atrás ahora significan muy poca cosa, y que otros que pasaron desapercibidos antaño, hogaño parecen como subrayados con rotulador fluorescente. Pero supongo que eso es lo que distingue a un buen poemario.

[José María Fonollosa, Ciudad del hombre: New York, Barcelona: Quaderns Crema, 1990, 131 pp. (La cubierta que se muestra corresponde a la edición, en Barcelona, de El Acantilado, 2000, 131 pp.)]

Sócrates es el primero del que sé que suicidaran, tragando cicuta mientras no paraba de hablarle a quien quisiera escucharle. A Dostoievski quisieron suicidarle en Siberia con un pelotón de fusilamiento, pero en el último segundo, atado ya al poste, revocaron la orden. Lorca conoció peor suerte: los fascistas de Franco, o quizá una familia rival, que para el caso es lo mismo, lo suicidaron a la vera de cualquier camino andaluz. Tras la caída del régimen de Mussolini, los americanos quisieron suicidar a Ezra Pound enjaulándole y exhibiéndole por las calles italianas. De regreso en EE.UU., su suicidio, de viejo, le sobrevino tras haber permanecido encerrado en un psiquiátrico durante años, amable y civilizadamente.

[Ramón Andrés, Historia del suicidio en Occidente, Barcelona: Península, 2003, 367 pp.]

Este texto de William S. Burroughs es un caso singular en el conjunto de su obra. Ghost of Chance es una brevísima eco-novela, ambientada en la isla de Madagascar, que estrena a un Burroughs preocupado por los problemas de supervivencia de una raza, la humana, condenada a la extinción. Seguramente pueda ser considerada como una obrita menor; en realidad, palidece ante Naked Lunch, o la misma Junkie. Pero sus méritos son otros, por supuesto. Es una obra inclasificable: su concisión, su estilo a medio camino de la fantasía, el historicismo y los comentarios de índole naturalista, la hacen una novela, como poco, peculiar. Pero que no se me malinterprete, es Burroughs por los cuatro costados. Seca, directa. Acaso la brevedad la hace doblemente eficiente a este respecto. Traducida en España por Muchnik con el título El fantasma accidental.

[William S. Burroughs, Ghost of Chance, Londres: Serpent’s Tail, 2002, 59 pp.]

Como un anticipo aperitivo de su novela Calle Feria, el autor publica en un volumen editado de forma un tanto extravagante notas, reflexiones y relatos brevísimos que conforman una especie de gramática de la ciudad. La ciudad es Zamora, tierra cuyo "único horizonte es la claudicación". Y sus personajes son la gente común, los olvidados protagonistas de la Historia. La apuesta por un horizonte de amplitudes éticas, la propuesta de rehumanización de todo lo deshumanizado, el desprecio de lo grandilocuente (la reivindicación de lo callado, de lo diminuto, de lo pausado) conforman un paisaje de intereses cuyo criterio de valoración queda magníficamente resumido en un sintagma al mismo tiempo lúcido y sentimental y, por tanto, de la inmensa altura del hombre: "lumbre baja". En Tomás Sánchez Santiago la prosa y la poesía no muestran límites concretos.

[Tomás Sánchez Santiago, Los pormenores, León: Asociación Cultural "La Armonía de las Letras", 2007, 168 pp.]

Larry Brown es, para empezar, una suerte de William Faulkner de nuestros días: ex-bombero, ex-marine, autor de seis novelas, una de ellas póstuma, dos colecciones de cuentos y dos de ensayos, fallecido en 2004 de un ataque al corazón. Su colección de historias Big Bad Love, por hacer una comparación con alguien que el público español ya conoce, me deja al leerla el mismo sabor de boca que las primeras colecciones de cuentos de Thom Jones, especialmente la de El púgil en reposo. Historias sagaces, revelando lo brutal de lo cotidiano, lo irrisorio del día a día. Diabólicas en su concepción, geométricas en su diseño, brillantes en su ejecución. Me dejan sin habla cuando las acabo. Generalmente uno puede saltar de un cuento a otro en cualquier colección. Con estas no puedo, he de cerrar el libro, perder la mirada, disimuladamente, como ignorando la presencia del libro en la sala, como si no compartiéramos el mismo territorio. Lamentablemente, aún no tienen traducción en nuestro país. Aunque sé, de buena tinta, que hay alguien por ahí empeñado en que se publique en España.

[Larry Brown, Big Bad Love, Chapel Hill, N.C.: Algonquin Books, 228 pp.]

De Djuna Barnes se conoce, sobre todo, Nightwood (a la que T. S. Eliot calificó nada menos que de “posiblemente la mejor novela escrita por una mujer”). Sin embargo, sus cuentos son menos conocidos, y aun menos estos que hoy mencionamos, Smoke And Other Early Stories, rescatados por una pequeña editorial de culto americana con la intención de publicar en varios volúmenes la obra, digamos, menor o más ignota de la escritora afincada en Nueva York. Barnes demuestra en estos cuentos una habilidad narrativa extraordinaria, finísima, y una economía de medios envidiable. En un par de oraciones describe no sólo lo que está sucediendo al momento, sino cómo se ha llegado a esa situación aludiendo a detalles ambientales que revelan, si se me permite el vocablo, la microhistoria del minuto actual. Tienen, además, traducción española (Humo) en la editorial Anagrama.

[Djuna Barnes, Smoke And Other Early Stories, Los Ángeles: Sun and Moon Press, 1988, 182 pp.]

Hagamos hoy mención del amargo texto Nonconformity: Writing on Writing de Nelson Algren, escritor afincado en Chicago durante años, receptor del National Book Award en 1950 (el primero que se concediera) por su novela The Man with the Golden Arm y que después sería rescrita como guión cinematográfico, amante de Simone de Beauvoir e, irónicamente, traducido en Francia por el mismísimo Jean-Paul Sartre. Creo que el capítulo de su romance con la Beauvoir es el que le ha dado a Algren alguna publicidad en España, después de que la editorial Lumen tradujeran las cartas que ella le enviara a él durante años. Nonconformity, por su carácter combativo a la par que erudito, es un ensayo irreverente y muy oportuno en estos tiempos nuestros. Autocrítico con el modelo y estilo de vida americanos, es, en palabras de Kurt Vonnegut, un “manual para los marginales duros y amantes de hacer pública la verdad”. Escritos sobre la escritura y sobre la vida del escritor comprometido con su tiempo.

[Nelson Algren, Nonconformity: Writing on Writing, Nueva York: Seven Stories Press, 1997, 130 pp.]

Francisco Díaz de Castro es catedrático de Literatura Española en la Universidad de las Islas Baleares. Desde 2003 mantiene una línea de investigación en torno a la poesía y las poéticas comprendidas entre el final de la guerra civil y la actualidad, fruto de la cual ha publicado una serie de ensayos en volúmenes colectivos y ha leído diversas ponencias en congresos y cursos. Nueve ensayos, pues, constituyen este interesante volumen sobre la recepción, las poéticas y los libros de varios poetas del 27 y su entorno publicados a partir de los años cuarenta; dos terceras partes del libro están dedicadas respectivamente a Rafael Alberti y Luis Cernuda.

[Francisco Díaz de Castro, Poéticas y poetas contemporáneos. De Luis Cernuda a Juan Gil-Albert, Palma de Mallorca: Lleonard Muntaner, 2006, 224 pp.]

Antonio Calvo Carrión (1921-1979) fue un pintor sevillano afincado en Palma de Mallorca, creador del movimiento que él llamó universalismo y cuya amistad con Pere Serra le ha procurado en este momento una justa antológica en Es Baluard. El catálogo editado para la ocasión constituye ya un documento imprescindible para el conocimiento de la vertiente más creativa y personal de un artista que había oficiado de encargo en numerosas ocasiones. Su Manifiesto universalista (París, 1966), que el libro reproduce facsimilarmente, dista poco de una declaración de buenas intenciones sin hondura teórica, pero la obra reproducida es precisamente aquélla por la que Calvo Carrión puede pasar a la historia del arte. De un expresionismo dramático, matizado por la presencia de ciertos símbolos y por las influencias de Picasso, del cubismo, del arte precolombino, del indigenismo y del constructivismo americano, sus opresivas atmósferas y sus máscaras anónimas hubieran merecido mejor aparato crítico.

[Antonio Calvo Carrión, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Fundació Es Baluard Museu d'Art Modern i Contemporani de Palma, 2007, 144 pp.]

Així parlà Zaratustra

Friedrich Nietzsche. Un d’aquells llibres que se’ns dubte canvien la manera de ser de tots els que s’hi apropen amb voluntat atrevida. Així parlà Zaratustra constitueix un dels al·legats poètics més considerables de la història de la sensibilitat moderna; un llibre cabdal per assumir el paper a què està condemnat l’home en un món que ja s’ha desfet de qualsevol promesa redemptora. Zaratustra porta el missatge de la voluntat de poder, de la llibertat més enllà de Déu (‘Déu ha mort’), de la superació i acceptació del nihilisme. Discursos sublims, arravatats, d’una vehemència febril i efervescent, que trastoquen les formes del pensament habitual: ‘Morts són tots els déus: ara volem que visqui el Superhome’. Evangeli bulliciós, millora i superació de la paraula sagrada, Així parlà Zaratustra és un d’aquells llibres de lectura inesborrable. Passar pel món sense haver-lo llegit, sense embeure’s del seu licor fort i enaltidor, és un error massa reiterat. L’editorial Quaderns Crema ens torna a posar a l’abast la traducció extraordinària de Manuel Carbonell, ella per si sola ja constitueix una peça literària de nivell. ‘A cada moment comença l’ésser; entorn de cada Aquí roda l’esfera Allà. El centre és arreu. Corba és la senda de l’eternitat’. Així parlà Zaratustra.

[Friedrich Nietzsche, Així parlà Zaratustra, Barcelona: Quaderns Crema, 2007, 438 pp.]

Estaba yo ahora pensando que ya va siendo hora de que se vaya sacando del cubo de basura del realismo sucio al bueno del abuelo Bukowski. No me extrañaría que hubiera sido todo una sagaz maniobra editorial: estoy por jugarme el meñique de la mano derecha. El realismo sucio es el coto de caza de Richard Ford, de Raymond Carver y de Tobias Wolff, y pare usted de contar. Si Bukowski fuera a acabar bajo alguna techumbre clasificatoria (que lo dudo, a ver quién es el valiente que le pone un bozal a este perro), debería hacerlo en la del naturalismo, al estilo de Zola o de Dickens, por poner un par de ejemplos. Sin duda, lo de calificarle de sucio debió de quedar muy bien cuando lo presentaron al lector español en su día, cuando no lo conocían más que cuatro gatos por aquí, tras su éxito en tierras germanas y galas. Pero ahora el epíteto “sucio” ya no significa nada cuando se lo aplica al “realismo”, porque sucios, como mucho, son los escritores gore del tipo Matthew Stokoe y su Vacas, que utiliza lo nauseabundo con intención novelística premeditada. Bukowski nunca fue por esos derroteros. Y si no me creen, lean el último de sus poemarios.

[Charles Bukowski, The People Look Like Flowers At Last, Nueva York: Ecco, 2007, 301 pp.]

Irène Némirovsky es el título de un monólogo teatral basado en la novela corta El baile de la escritora así llamada, una judía francesa de origen ucraniano asesinada en 1942 en las cámaras de gas de Auschwitz. En torno a esa obra, a los recuerdos de infancia, a las relaciones maternofiliales, a la espera de la muerte y a otros elementos biográficos, el mallorquín Joan Guasp compone una breve escena de intenso dramatismo y contenidos éticos y psicológicos. Este libro, prologado por Rosa-Victòria Gras i Perfontan, recibió el Premi Recull de Teatre "Josep Ametller" 2006.

[Joan Guasp, Irène Némirovsky, Barcelona: Proa, 2007, 64 pp.]

El autor de Matriz de la ceniza (1999), entre otros libros, sigue transitando los caminos del existencialismo. En esta ocasión, la reflexión sobre la presencia y significado del dolor en nuestras vidas lleva al poeta a trenzar cierto discurso de Hölderlin con la convicción de que el dolor es la materia de la que estamos hechos: pretender vivir sin sufrimiento sería sueño, y asumirlo es lo único que nos permitirá resistir, aun conscientes de la derrota. Las implicaciones de la conciencia de la derrota sobre las capacidades de la palabra poética son dramáticas.

[Máximo Hernández, La conspiración del dolor, Lanzarote: Cíclope Editores, 2007, 88 pp.]

Cerca ya del final de Hiperión, el protagonista cuenta a Belarmino cómo se encuentra tras superar el impacto de la muerte de Diótima: “Amigo, estoy tranquilo, pues no quiero tener nada mejor que lo que tienen los dioses. ¿No debe sufrir todo lo que existe, y más profundamente cuanto más excelso es? ¿No sufre la sagrada naturaleza?” Esa hebra hölderliniana presta su tensión al tejido del último y excelente poemario de Máximo Hernández, La conspiración del dolor.

Haber tenido la ocasión de leer anteriores borradores del libro permite observar que, desde que todavía inédito se titulaba Del dolor aprendido, ha sufrido diversas modificaciones y reorganizaciones. Entre otros cambios, el libro ha perdido con los años el tono pedagógico que le daba armazón y se le han caído los poemas de reproche con el fin de allanarle el terreno a la expresión de la aceptación. Para el poeta, el dolor es consustancial a la vida, y asumirlo es parte principalísima del aprendizaje vital, por más que sea al mismo tiempo una derrota: “Sólo nos queda entonces/ vivir con el dolor,/ contra el dolor vivir/ para intentar vencerlo,/ en el mundo del sueño,/ con la dulce inacción/ de nuestra muerte viva.” La derrota y la resignación aparecen en este poemario, desde su primer texto, como remates ineludibles de la comprensión del dolor que nos constituye. Y así nos encontramos con un poeta para el que la oposición entre el día (la conciencia) y “los alegres jilgueros de la noche” (el sueño) marca el compás del drama del hombre.

El poeta Ángel Fernández Benéitez lo ha dicho hará un par de meses: el libro, tras enhebrar tres secciones de corte reflexivo, concluye con una cuarta (a mi juicio la mejor) en que Hernández recurre al tono del cántico. En esta última sección, el yo establece los términos de su particular pacto con el dolor: en “El decorado” denuncia el engaño a que nos someten nuestras ilusiones, que finalmente se revelan como eso, mera ilusión tras la que anida el sufrir. El sentimiento de estafa vital se prolonga en “La trampa”, en que se pregunta rimbaudianamente por su identidad y, sobre todo, por el sentido de la palabra poética. En “La nervadura del silencio”, por fin, la voz lírica identifica vivir con resistir, con “sólo [esperar] el final del tiempo/ y de la historia”, y acepta la imposibilidad de “ser en la palabra”, la fatídica incapacidad del poema de enfrentar con éxito el dolor, en un juego de confusión entre muerte y vida que cierra circularmente el libro y nos vuelve a remitir a Hölderlin.

Pues si en Hernández el dolor es consustancial a la existencia y, por consiguiente, su aceptación es necesaria, Hiperión concluía su párrafo a Belarmino con las siguientes palabras: “el bienestar sin sufrimiento es sueño, y sin muerte no hay vida. […] El dolor es digno de habitar en el corazón humano y de emparentarse contigo, ¡oh naturaleza!” Que uno de los textos centrales de La conspiración del dolor se titule “Reconocimiento y diagnóstico: Hölderlin crece en el aire de Tubinga”, y que en él Scardanelli, el alter ego del escritor ya enfermo, firme al pie con fecha de 11 de mayo de 2000, viene a sorprender a los escépticos que descreíamos de las teorías de la reencarnación.

[Máximo Hernández, La conspiración del dolor, Lanzarote: Cíclope Editores, 2007.]

El autor de libros tan fundamentales en la poesía española contemporánea como La luz oída (1996) o Las horas, los labios (2003) ha incurrido últimamente en dos ocasiones en el libro ilustrado (o en el libro de de texto e imagen). En Unánime fuego, que tuvo una primera edición bilingüe en Lisboa en 1999, los poemas acompañan a reproducciones de cuadros de Juan Luis Goenaga, en fértil conjunción de lenguajes que prolonga esta magnífica colección dirigida por Marta Agudo y Luis Burgos. Moga reflexiona sobre diversos aspectos del sexo: el deseado, el alcanzado, el satisfactorio, el fallido, el sexo como refugio, el sexo como escritura de uno mismo.

[Eduardo Moga, Unánime fuego, segunda edición con ilustraciones de Juan Luis Goenaga, Madrid: Galería Luis Burgos, 2007, 80 pp.]

Expone en Palma sus grabados, óleos y técnicas mixtas la artista austríaca y afincada en Campos (Mallorca) Eva Choung-Fux. En el catálogo, junto a las influencias orientales y la pasión por su tierra de acogida, se constata el empleo de materiales naturales y artificiales reciclados, en series dedicadas a homenajear o reinterpretar a escritores de su preferencia, desde Ramon Llull o san Juan de la Cruz a los mallorquines Damià Huguet o Blai Bonet, pasando por Wislawa Szymborska. En Choung-Fux encontramos referencias a la reivindicación de la memoria, a la escritura como gesto y a la idea de ciclo. Prestan al libro sus palabras preliminares Dieter Ronte y Pablo Rico.

[Eva Choung-Fux, Dedicatòries (nou cicles), catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Fundació Tren de l’Art, 2007, 120 pp.]

Como consecuencia de su actividad como traductor y de su afán por el experimento formal, el poeta barcelonés había cultivado el género del haikú. Su penúltimo libro publicado, Los haikús del tren, condensa su pensamiento en la concisión y los estrictos límites del poema japonés, aunque supongan una estación inusual en el brillante y ya extenso recorrido del poeta. Lo observado desde el asiento en el desplazamiento cotidiano al trabajo puede revelarnos el mundo. Del libro hay que destacar igualmente un originalísimo formato que acredita a esta joven editora almeriense.

[Eduardo Moga, Los haikús del tren, Almería: El Gaviero, 2007, 132 pp.]

En colaboración con Magua, Sociedad Literaria, la editorial canaria Cíclope ha publicado recientemente sendos poemarios de dos magníficos autores zamoranos: Máximo Hernández y Ángel Fernández Benéitez (este último, por otra parte, muy vinculado con Lanzarote). En La mar inmóvil, Fernández Benéitez apuesta por la alegoría amorosa como procedimiento expresivo para transmitir su interés por el proceso de acceso del hombre al conocimiento y a la poesía.

[Ángel Fernández Benéitez, La mar inmóvil, Lanzarote: Cíclope Editores, 2007, 88 pp.]

En la tradición de los poetas que, desde Adriano hasta Pound, no creen en un alma trascendente y, no obstante, dialogan con lo que quiera que esa alma sea, se inserta Soliloquio para dos, el último de los poemarios escritos por Eduardo Moga y probablemente uno de los mejores. En este caso el diálogo es áspero, lleno de recriminaciones, combativo, desesperado. Es la fiebre del alma lo que “unce al ser” al yo poético: un yo abandonado a la nada sólo adquiere sentido en virtud del espíritu que lo anima, pero este espíritu se reconoce como “fiebre”, es decir, como pasión, enfermedad, provisionalidad extrema. Los poemas sobre el alma contrastan con las imágenes del vallisoletano José Noriega, donde el sexo y el desamparo aparecen absolutamente descarnados.

[Eduardo Moga y José Noriega, Soliloquio para dos, prólogo de Tomás Sánchez Santiago, Santa Coloma de Gramenet: La Garúa, 2006, 74 pp.]

Con su tercer libro de poemas, ganador de un accésit del XVI Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, que otorga la Diputación de Segovia, el manchego Arturo Tendero nos entrega una hermosa colección de textos compuestos entre 1981 y 2005, relacionados con una manera de entender la poesía como visión o revelación en el instante. La experiencia de la naturaleza o la anécdota familiar, hilvanadas por la memoria y por una explícita conciencia de la mortalidad, sirven para reflexionar sobre los límites entre la creciente oscuridad y los escasos fragmentos de luz a los que el poeta se aferra por medio de la palabra.

[Arturo Tendero, La memoria del visionario, Madrid: Visor, 2006, 54 pp.]

La obra artística de Manolo Valdés, aun inmersa en contanste experimentación, sigue ligada a los temas del viejo Equipo Crónica. Este verano expone diecisiete grandes piezas en bronce y hierro en el Paseo del Borne de Palma de Mallorca, primera etapa de un recorrido que llevará su exposición por diversas capitales españolas de la mano de la Fundación "la Caixa". Ésta ha editado un magnífico catálogo que incluye textos críticos de Xavier Rubert de Ventós, Guillermo Solana y Valeriano Bozal y una entrevista del artista con la coordinadora de la muestra y del catálogo.

[Violant Porcel (coord.), Manolo Valdés en Palma. Esculturas monumentales, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Fundación "la Caixa", 2007, 128 pp.]

El Casal Solleric de Palma de Mallorca ofrece este verano una exposición de cincuenta y tres retratos fotográficos de la artista mexicana Frida Kahlo. Pertenecientes a la colección de Spencer Throckmorton, un galerista norteamericano especializado en fotografía latinoamericana, muestran a Frida en diversos escenarios y actitudes, en los que es posible comprobar cómo la pintora modeló cuidadosamente su propia imagen a través de las fotografías posadas. Firma el prólogo del precioso catálogo la escritora y también coleccionista norteamericana Margaret Hooks. La exposición, en el centenario del nacimiento de Kahlo, se ha exhibido en la National Portrait Gallery de Londres, y durante 2007 recorre salas de Alicante, Murcia, Valencia y Palma.

[Frida Kahlo. La gran ocultadora, catálogo de exposición, introducción de Margaret Hooks, Alicante: Caja de Ahorros del Mediterráneo, 2007, 152 pp.]

Roberto Russo trabaja en un centro de discapacitados mentales en Gagliano del Capo (Italia). En el curso de su trabajo ha entrado en contacto con todo tipo de enfermos (autistas, psicóticos, retrasados, afectados de down, esquizofrénicos) y, con el tiempo, ha reunido una curiosa serie de retratos gráficos y en prosa. En ellos se alude con frecuencia al amor como terapia; sin pretensiones científicas, este artista y poeta escoge hermosas palabras para describir a estas personas, su relación con ellas y todo aquello que nos puedan enseñar desde su presunta oscuridad.

[Roberto Russo, Retratti diversi, Terlizzi: Insieme, 2005, 108 pp.]

Ignacio Sanz es un escritor prolífico y polifacético, además de un viajero inveterado que honra con su prosa los lugares que pisa. Una de sus últimas publicaciones es un libro de relatos, semblanzas y testimonios sobre su comarca natal, Tierra de Pinares, que incluye más de setenta municipios entre los que se cuentan Cuéllar, Fuentidueña, Cantalejo y Turégano. Ignacio, nacido en Lastras de Cuéllar, hace un retrato de la tierra, las tradiciones y las personas, al tiempo que hace constar su lamento por el despoblamiento a que se ve sometido, como el resto de los castellanos, este viejo rincón de la provincia de Segovia.

[Ignacio Sanz, Tierra de Pinares, con dibujos de Manuel Gómez Zía, Cuéllar (Segovia): Asociación HONORSE-Tierra de Pinares, 2006, 240 pp.]

Arte neocelandés

En su programación, el Casal Solleric de Palma incluye este verano la muestra ULTRAMart. Art Contemporani de Nova Zelanda. Comisariada por Tony Lane, participan en ella los artistas Gretchen Albrecht, Bill Culbert, Pip Culbert, el mismo Tony Lane, Fiona Pardington y James Ross. El hermoso catálogo incluye un texto introductorio de Peter Simpson y textos críticos de diversos expertos neocelandeses.

[ULTRAMart. Art Contemporani de Nova Zelanda, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Govern de les Illes Balears, Ajuntament de Palma y Caja Mediterráneo, 2007, 124 pp.]

Con la memoria de la protagonista como filtro, la narradora se pone en la piel de una exterrorista de ETA y sigue su proceso hacia la madurez a través de diversas circunstancias, espacios y tiempos en un relato centrado en el problema de la percepción, en la imposibilidad de conocerse y de conocer, en el aislamiento y la incomunicación, en la negación de los valores absolutos y en el rechazo de la violencia como forma de vida. Con elementos de intriga y de acción, de un andamiaje narrativo complejo y sorprendentemente experto (se trata del primer libro publicado por Inés Matute), esta muy notable novela psicológica fue mención especial del Premio Café Mon de Literatura.

[Inés Matute, Autorretrato con isla, Tegueste (Tenerife): Baile del Sol, 2007, 166 pp.]

Varias instituciones de Zamora colaboraron en alumbrar y mantienen felizmente vivo el que seguramente es el primer proyecto local verdaderamente serio de estudio y difusión de la obra de su gran poeta, el Seminario Permanente Claudio Rodríguez. Las actividades de este grupo incluyen la organización de jornadas académicas y la publicación de la revista Aventura, que ha dado un notable salto cualitativo del número 0 al número 1. Éste recoge las actas de las segundas de las citadas jornadas, dedicadas el pasado diciembre a “Claudio Rodríguez y la traducción de poesía”; vale la pena hacer el desmesurado esfuerzo lector que exige un diseño nefasto para acceder a los magníficos contenidos, firmados por expertos nacionales e internacionales como Louis Bourne, Jordi Doce, Luis Ingelmo, Emilio Lledó, Michael Mudrovic, Tomás Sánchez Santiago o Michael Smith. La revista aporta también facsímiles y novedades bibliográficas. Imprescindible.

[Aventura. Revista anual del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, núm. 1, Zamora: Seminario Permanente Claudio Rodríguez, 2007, 288 pp.]

Acaba de llegar un libro recién editado por el Servicio de Publicaciones de la Junta de Castilla y León, Imágenes de Castilla y León, de Francesc Català-Roca. Es instructivo redescubrir esa Castilla vieja de las monjas y los curas de sotana y chapeo, de pastores de boina, manta y cayado, de primitivos rótulos de mercerías y peluquerías, de catedrales orgullosas e iglesias derruidas, de calles principales en las que se mueven mujeres de pantalón y minifalda y plazas más añejas con austeras mujeres enlutadas, yugos, flechas, canales, choperas, murallas, acueductos... El blanco y negro le sienta bien al recuerdo, nos impide olvidar que no hace tanto éramos nosotros los parientes pobres. Y Català-Roca, un genio de la composición, incluso a veces con arranques artísticos: ¿cómo se puede convertir una rueda de tractor en una potente imagen expresionista? Él lo hace. Un magnífico álbum fotográfico de la Castilla del franquismo.

[Francesc Català-Roca, Imágenes de Castilla y León, selección e introducción de Raimon Ramis, Valladolid: Junta de Castilla y León, 2007, 208 pp.]

Del III Congreso Internacional sobre José Agustín Goytisolo, dirigido en Cambrils (Tarragona) y en noviembre de 2005 por Carme Riera y Ramón García Mateos, queda desde hoy la edición de sus actas, promovida por la Cátedra José Agustín Goytisolo de la UAB. De este valioso volumen destacaremos los magníficos trabajos de Tomás Sánchez Santiago y Ramón García Mateos, ambos poetas y expertos en la generación de los 50, así como un diálogo entre Carme Riera y Josep Maria Castellet y una visión de la figura del autor en la obra de los poetas de aquella generación por María Payeras Grau, profesora de la UIB. Colaboran también, desde ámbitos literarios paralelos, los poetas Pablo Armando Fernández y Joan Margarit. Viene encartado en el libro el disco Los poemas son mi orgullo, en el que acompañan a Goytisolo otros grandes poetas, todos ellos interpretados por Luis Felipe Alegre, el Coro Voces de la Tierra y Goliardos.

[Carme Riera y Ramón García Mateos (coord.), III Congreso Internacional sobre José Agustín Goytisolo, Cambrils (Tarragona): Ajuntament de Cambrils, 2007, 176 pp.]

Anuario majorero

Acaba de salir de imprenta el número XVIII de Tebeto, el anuario de Ciencias Sociales y Humanidades que publica el Cabildo Insular de Fuerteventura, correspondiente a 2005, con fecha de edición de 2006 y depósito legal de 2007. Comprende una colección irregular de estudios, algunos de ellos muy valiosos, estructurados en siete secciones: Prehistoria-Arqueología, Historia, Historia del arte, Geografía, Lengua-Literatura, Educación-Enseñanza y Fuentes documentales. Es responsable de la publicación Rosario Cerdeña Ruiz.

[Tebeto. Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura (Islas Canarias), núm. XVIII (2005), Puerto del Rosario: Cabildo de Fuerteventura, 2006, 468 pp.]

Cuando vuelvo a César Vallejo me pregunto por qué diablos dejé de releerlo para leer otros libros, otros autores que jamás se muestran capaces de devolverme a ese universo roto y doliente, pero completo y magnífico universo al fin, y un universo que me dice. Estos autores casi siempre me dejan alguna melancolía, la vaga sensación de haber perdido el tiempo desde la última relectura del peruano. La respuesta a por qué diablos hago otras cosas que no sean releer a Vallejo se me presenta en raras ocasiones. Hoy se da una de ellas, y la respuesta es que existen otros mundos: otros poetas como José Barroeta, escasos pero radiantes; libros como el que comentamos.

Y no es casual que Barroeta me suscite sensaciones o pasiones similares a las que me envolvieron cuando descubrí, ya hace muchos años, al poeta de Santiago de Chuco. En algún punto del prólogo del libro, Víctor Bravo habla de “atmósfera vallejiana”, pero hay más. ¿O es que acaso alguien va a creer casual que uno de los mejores poemas de Barroeta, su primer libro y ahora esta recopilación se titulen Todos han muerto?

Uno de los poemas póstumos de Vallejo, titulado “La violencia de las horas” y correspondiente a finales de los años veinte, consiste en una relación de los personajes de su pueblo que cuenta como muertos. Su primer verso es el siguiente: “Todos han muerto”. La casualidad suele estar lejos de los genios: cuando Barroeta titula una de sus propias composiciones con este verso de Vallejo no hace sino declararse heredero de alguna deuda oscura. Como el peruano, hace en su poema un repaso de cotidianidades extintas, de personajes del recuerdo. Como en el poema del peruano, el hablante lírico visita una aldea en la que todos han desaparecido y en la que la memoria causa una dislocada perplejidad e, incluso, cierta definitiva desgana.

Matizado por el paso de un cuarto de siglo, Barroeta publica en 1996 Culpas de juglar. En sus páginas hace explícita la deuda contraída por medio de un “Homenaje a Vallejo”. En este poema manifiesta y también asume explícitamente unas coincidencias básicas con su maestro: la imposibilidad de decir, el recurso a la metonimia de los huesos y los miembros corporales, la previsión de la propia muerte, el reconocimiento del no ser... En “Todos han muerto” decía Barroeta: “Me acostumbré a la idea de saberlos/ callados bajo tierra”; ahora le dice a Vallejo: “Yo no te pregunto cómo será tu muerte de poeta/ enterrado entre nosotros”. La muerte se instala con suavidad en el discurso barroetiano, con cierta indiferencia incluso, porque confiesa que le “gustaba más la nada que el olvido”.

En su día, Vallejo había cerrado su poema citado con el siguiente verso: “Murió mi eternidad y estoy velándola”, una afirmación también plena de desesperada resignación. Barroeta salda en su “Homenaje” las cuentas pendientes con un sobrecogedor verso final que declara identificación y gratitud: “tú te pareces a la muerte y a lo que viví”.

[José Barroeta, Todos han muerto. Poesía completa 1971-2006, Canet de Mar (Barcelona): Ediciones Candaya, 2006.]

Es encomiable la iniciativa del Institut d'Estudis Baleàrics de programar una exposición sobre la intensa relación que mantuvo Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940) con la pitiusa mayor, coincidiendo con los setenta y cinco años de su primera estancia. Tras inaugurarse en marzo en Sant Antoni de Portmany, las últimas semanas se ha estado mostrando en Palma, en el Casal Solleric. La muestra y el catálogo, comisariados por Vicente Valero, hacen un documentado recorrido por las circunstancias vitales que llevaron al filósofo y crítico alemán a refugiarse en Ibiza en dos ocasiones, la primera huyendo de una crisis existencial y económica, y la segunda de la dictadura de Hitler. El volumen está editado en catalán y en alemán.

[Vicente Valero, Walter Benjamin a Eivissa 1932-1933, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Institut d'Estudis Baleàrics, 2007, 160 pp.]

“Animula vagula, blandula,/ hospes comesque corporis”: Elio Adriano, en hora cercana a la de la muerte, apostrofaba a su alma como a “huésped y compañera del cuerpo”. Recordando al descreído emperador sevillano, Ezra Pound conversó amistosamente con un alma a la que también sentía ajena a lo sobrenatural y más bien proclive a los juegos de los sentidos: “What hast thou, O my soul, with paradise?”. En esa tradición del poeta que no cree en un alma trascendente y, no obstante, dialoga con lo que quiera que esa alma sea, se inserta Soliloquio para dos, el último poemario de Eduardo Moga (Barcelona, 1962), ilustrado por José Noriega (Valladolid, 1948). Sin embargo, en su caso el diálogo es áspero, lleno de recriminaciones, combativo, desesperado. Moga, poeta, crítico y teórico de la poesía, ha defendido en muchas ocasiones una poesía apasionada: “la tensión en el centro de [la] práctica poética”, la “saturación significativa del lenguaje” (en el prólogo de su antología de poesía joven Poesía Pasión, Zaragoza, 2004). En esta ocasión la pasión viene exigida por una suerte de paroxismo inquisitivo, un extremado bucear en algunas de las preocupaciones existenciales que desde siempre dan grosor a la poesía de este autor: la muerte, la nada, la necesidad del lenguaje y sus límites.

El poemario comienza poniendo en tela de juicio el dualismo platónico y luego aristotélico: “Dime, alma, qué cincel has empleado/ para que sea yo tu forma”. El yo poético rehúsa identificarse positivamente con un cuerpo al que el alma dé forma, en un diálogo en que, por tanto, el alma no se enfrenta al cuerpo, sino al yo. El esquema aristotélico cuatripartito materia/ forma, potencia/ acto sigue presente en el planteamiento de la cuestión esencial del poemario: “¿Qué extraña potencia, alma,/ constituyen mis manos?/ ¿Son las tuyas?” (p. 19). Es la fiebre del alma lo que “unce al ser” al yo poético: un yo abandonado a la nada sólo adquiere sentido en virtud del espíritu que lo anima, pero este espíritu se reconoce como “fiebre”, es decir, como pasión, enfermedad, provisionalidad extrema.

Y en esos términos se desarrolla todo el libro, que no es sino un torrente de interrogaciones, una larga sucesión de preguntas sin respuesta que indagan las aparentes múltiples intersecciones del ser y la nada y que dejan con eficacia en el alma (valga la expresión) la sensación de que la existencia no consiste en otra cosa que un perpetuo cuestionar la existencia. El alma es interpelada en cuanto proceso físico mensurable: “dime si dictas tú mi sangre/ o es mi sangre la que te articula” (p. 20) y el hablante se pregunta si es “red de aminoácidos”, “alboroto de átomos”, “maleza molecular” o “rizoma eléctrico” (p. 27), mas de forma infructuosa: “[¿o bien obedeces] a la persuasión del mito/ y al ascua de la voluntad?” (p. 28). ¿O bien es el alma –se pregunta el yo– el espíritu creador y fruidor que nos anima (“¿Eres la proposición séptima del Tractatus,/ la escena de los limones en Venganza,/ la seda helada del Kyle of Tongue?/ ¿O lo que deposito en esta blanca/ negrura: una brizna de eternidad,/ una mentira que el ritmo transforma/ en certeza […]?”, p. 43). También apela el yo al alma en la condición de consuelo espiritual en que tradicionalmente se sustenta su gran predicamento: “¿Es ése también, alma, tu nombre?/ ¿El de quien incurre en el silencio/ para que mengüe la desolación?” (p. 31). El discurso es factor (necesario) de conflicto, frente a la mentira piadosa o el silencio (voluntarios) que aminoran la angustia.

Así, la identidad del yo se presenta negada, inasible o fragmentaria, asociada a menudo a los espejos que no reflejan, al humo o, muy significativamente, a la imposibilidad del diálogo: “¿Por qué desconozco tu idioma […]?” (p. 20); “¿Por qué no recalas en mis signos […]?” (p. 23). El hablante no puede reconocer al alma porque tampoco se reconoce ni a sí ni su discurso sino como “palabras que son sólo la oscuridad/ de ser yo” (p. 27), como “el yo/ y su no ser” (p. 31). La inutilidad de negar el alma reverbera en contradicciones acumuladas: “te niego, alma […]./ Y oigo tu levedad,/ que me atenaza; y aquilato/ tu soplo homicida,/ el fluir de tu ausencia/ por mis capilares/ y mi ropa” (p. 23); “No me habitas, alma,/ aunque me construyas./ No te siento,/ pero estás en mí” (p. 27). La dramática realidad vivida por la primera persona poética es abrumadora cuando afirma: “Descreo de ti, alma,/ porque tengo frío: porque soy” (p. 24), declarando el desabrigo de la intemperie consustancial a la existencia.

Este desamparo empuja a la voz lírica a exhortar al alma a hacerse presente y abolir el mal sueño de la razón y sustituirlo por la certidumbre y sus frutos: “¿Por qué, alma, […]/ no derogas mi exilio/ en los nombres, en mi nombre,/ y me trasladas a mí,/ a esto que soy, matemático y animal,/ para que experimente el miedo y me ciegue la esperanza?”; el hablante se vuelca en la abdicación como último recurso: “Ven, alma,/ tatúame, polinízame,/ secuéstrame […]. Y cuando me hayas poseído, oh, alma,/ revélame tus ecuaciones […];/ entrégate para que pueda negarte […]/ hasta que las cosas sean ideas,/ y las ideas, raíces.” (pp. 32-36). Pero hacia la mitad del poema todo se desenvuelve en negación y los versos giran en torno a la idea de la nada, “que es resquebrajarse de espejos/ y salpicaduras de noche/ e imposibilidad de decir/ estoy aquí,/ me llamo Eduardo,/ escribo,/ me consumo” (p. 44). La negación intelectual del alma en absoluto supone satisfacción, puesto que lleva aparejada la propia inexistencia: “En la nada habito, alma:/ en ti./ Tú no existes. Yo no existo./ La nada tiende puentes a la materia:/ me corrompo cuando hablo,/ cuando envejezco,/ cuando nazco: en cada uno de los momentos/ en que alcanzo mis límites” (p. 47). Versos memorables aprietan la tuerca de la desesperación, proclaman el “hambre absoluta”, el “no rostro”, y afirman que la nada “es férrea,/ como un cráneo,/ y presenta engranajes,/ y contiene teléfonos,/ y me documenta”, presentándose pues como cárcel, sistema y verdadero espíritu que alienta dentro del yo (pp. 47-48).

El yo lírico insiste en increpar al alma y pedirle pruebas, a veces en términos bélicos en que la polisemia del verbo “dirimir” me parece genial resumen del poema: “¿Por qué no puedo creerte? […]/ ¿Por qué no me dirimes, alma,/ y expugnas mi ceniza inexpugnable,/ y delimitas mi perímetro […]?” (pp. 51-52). La imposibilidad de reconocerse como uno hace también imposible el reconocimento del otro y el amor: “Pero yo no amo, alma,/ sino que permanezco en mí,/ prisionero de mí,/ esposado a mis entrañas,/ y huelo tu penumbra”, y dentro de sí el hablante se regodea en la carencia en imágenes de enorme potencia: “mi voz se encallece […]/ y entra en mí,/ como si dentro fuese a hallarme;/ ahí acredito la maldad de mi sonrisa,/ el barro con el que me bautizaron,/ la luz amputada que me amputa” (pp. 55-56). La duda cierra el poemario con la misma indefinición con que se abrió: “Dime si soy,/ o si eres tú,/ este sol nocturno que me ciega” (p. 64), pide la voz del poeta, y lo único que queda de manifiesto es la oscuridad.

Es de destacar que en este poemario no aparece uno de los temas básicos en la obra de Eduardo Moga: el cuerpo, el sexo. La explicación la da el propio poeta en su divertido epílogo al libro: Sololiquio para dos fue, originalmente, una propuesta de José Noriega, a cuyas ilustraciones debían acompañar los poemas de Moga. En este proyecto, Noriega mancha o manipula imágenes extraídas de revistas de contactos, de las que se infiere una enorme desolación. Moga, cuya participación en el proyecto no debía ceñirse a la colección de “penes erectos y vulvas en close-up” que aparecen en las fotografías, decidió retomar su evidente componente de desamparo vital en un sentido más existencial y arrinconar el elemento puramente físico, que en un libro ilustrado de la manera mencionada hubiera resultado redundante.

La profusión de imágenes en Soliloquio para dos es avasalladora, como es habitual en Moga –deudor en la teórico y en lo práctico de poetas como Aleixandre, Pound o Álvarez Ortega–, quien aplica a su discurso existencial los argumentos intuitivos y filológicos que defendiera en su prólogo a la antología ya mencionada, Poesía pasión: el uso de la imagen frente al concepto, la manipulación del ritmo y la intensificación metafórica, que se desarrollan mediante procedimientos sustitutivos que, a grandes rasgos, componen una tipología retórica delimitada por la amplificación visionaria, la radicalización simbólica, la ruptura sintáctica y la elipsis. Es prácticamente imposible encontrar un verso de Eduardo Moga que no rebose de significados (o que no sobrecoja de silencios). En este sentido, el barcelonés no ha dejado nunca de crecer desde Ángel mortal (Barcelona, 1994); Soliloquio para dos es la obra madura, experta y sustanciosa de un escritor a cuyas entregas los lectores españoles, hastiados de la obviedad y la escualidez de la poesía al uso, nos asomamos como el comensal que, tras habérsele exigido prolongada dieta vegetariana, ve cómo desde la puerta de la cocina alguien le aproxima, tal vez por primera vez en años, un plato que a duras penas basta para contener un desbordante, sanguinolento y humeante chuletón de ternera de Aliste.

[Eduardo Moga y José Noriega, Soliloquio para dos, prólogo de Tomás Sánchez Santiago, Barcelona: La Garúa, 2006.]

El Premio Cáceres de Novela Corta ha tenido, a lo largo de sus ya treinta ediciones, ganadores de la talla de Eduardo Mendicutti, Paloma Díaz-Mas o Julián Rodríguez Marcos. En 2005 ha sido el turno de la argentina Mori Ponsowy (Garín, Buenos Aires), con una narración ambientada en Venezuela, donde la autora pasó la mayor parte de su vida. Los colores de Inmaculada (un título que se nos antoja feo o injusto) es una magnífica primera novela, que viene después de los poemarios Enemigos afuera (Córdoba, Argentina: Ediciones del Copista, 2001) y Corolario (Madrid: Bartleby, 2006). La autora también ha traducido a los poetas norteamericanos Sharon Olds y Marie Howe.

Los veintitrés capítulos en que se divide la obra alternan la voz de la protagonista, Susana, la de su asistenta, Inmaculada, la del narrador y la de Gregorio, el misterioso remitente de unas cartas que cumplen una importante función en la trama. Las voces de Susana e Inmaculada, teñidas de subjetividad, aportan una misma visión de las cosas, aunque en un caso se trate de la víctima de un bloqueo sentimental y artístico y en el otro alguien que asiste a los mismos hechos y los asume desde el realismo que conlleva la sencillez. La voz del narrador permite presentar desde fuera a Enrique, marido de Susana y aparente fuente de su crisis. Las cartas que Gregorio dirige a Adelina añaden un factor de misterio por aportar un contrapunto fantástico y seductor a la realidad gris vivida por Susana, a quien pronto identificamos con Adelina.

Ponsowy resuelve con gran destreza tanto el planteamiento de la situación y de los personajes como la descripción de las emociones (celos, sospechas, dudas, asco, incertidumbre), a través del diálogo y el monólogo interior. La novela consigue mantener el interés por desvelar las claves del conflicto sentimental hasta el mismo final, mediante una combinación de trucos narrativos que, no obstante, no dejan sabor a truco: una ambigüedad bien trabada entre personajes alternativos, una hábil disposición de indicios y una sabia dosificación de la información al lector. Es manifiesta también la familiaridad con la psicología femenina y con la del enfermo obsesivo, y el empleo de esos conocimientos da fundamento y credibilidad a la historia.

Disfruté mucho con algunos fragmentos en que Ponsowy despliega una prosa especialmente sugerente, que recurre a la imagen y al símbolo, a la fábula y a una sintaxis a veces conceptista a fuer de madura. Así sucede cuando, en el capítulo 18, la voz de Susana describe las lluvias torrenciales. Aparte el empleo de la riada como símbolo –no es el único símbolo acertado en esta novela–, esas líneas son hermosas: “Mañana pocas cosas estarán donde han estado, habrá que ver cuánto tiempo tardarán los barrenderos en devolver la basura a la basura y el miedo a su lugar”, escribe la argentina (p. 81); o “como si durante la sequía hervir y lavar pudiera ser tan sencillo cuando no hay gota de agua que no cueste una de sangre” (p. 83). La revelación de la causa de la ruptura del matrimonio de los padres de la protagonista se nos facilita por medio de una escena plena de sutileza, en un punto en que lo fácil, casi lo irremediable habría sido un cuadro de adulterio flagrante.

Nos encontramos ante una historia no excesivamente original en que nos conducen hasta el final con la tensión intacta el buen narrar y un lenguaje limpio y cadente, apenas perjudicado por algún defecto morfológico: unos “gels anticonceptivos” nada castizos (p. 21). Esta prosa, domeñada por la voluntad de la narradora, elegante en sus trazos, atenta al buen lector, traduce un pensamiento claro y dueño de sí: “que la lluvia lave mi cuerpo hasta despojarme de todo lo que no soy” (p. 104), dice la voz protagonista en su afán por afirmar su identidad contra la adversidad. Y de identidad, en resumidas cuentas, hablan todos los buenos escritores cuando escriben. Querré leer una novela en que Ponsowy despliegue con ambición y aliento mayores las mañas que demuestra en ésta.

[Mori Ponsowy, Los colores de Inmaculada, Cáceres: Institución Cultural El Brocense (Diputación Provincial de Cáceres), 2006.]

Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927-Zaragoza, 2005) fue un inclasificable artista que dejó detrás de sí una obra abundante y polimórfica, en la que literatura y pintura fueron manifestaciones de un mismo espíritu incansable. En 1964 dejó su plaza de maestro en pueblos de La Mancha para mudarse a Palma y trabajar para Cela como secretario de redacción de Papeles de Son Armadans. En Mallorca entró en contacto con John Ulbricht, Robert Graves, Américo Castro y un sinfín de personalidades de las artes y las letras entre las que la de mayor influencia fue Joan Miró. Residió en La Bonanova, muy cerca de Cela y de Miró, hasta 1975, en que se mudó a Zaragoza; en 1969 había recibido el premio Ciudad de Palma por su novela Un caracol en la cocina.

Lo que nos interesa en el momento intensamente mironiano que atravesamos es su libro póstumo Vientos en la veleta, una colección de notas y recuerdos autobiográficos del polifacético autor que Libros del Innombrable publicó el pasado octubre. En su capítulo “Recuerdos de Miró”, Fernández Molina desgrana su acercamiento juvenil –insólito en un bachiller de la época– a la obra de Miró, su posterior acercamiento personal ya en su etapa mallorquina, su amistad con el artista y su familia, la afición del pintor por los objetos encontrados durante sus paseos, su condición de lector de poesía, su carácter, su vestimenta, su relación con el arte efímero y otros muchos aspectos del máximo interés. Se trata de un testimonio excepcional que, por su respeto, discreción, admiración, autorizado conocimiento y cariño infinito hacia el retratado, merece la pena hojear estos días. Para el que desconozca a Miró, puede constituir un delicadísimo primer acercamiento al artista y su obra.

[Antonio Fernández Molina, Vientos en la veleta, Zaragoza: Libros del Innombrable, 2005.]

Ni está de moda ni la edición es nueva. Tal vez por eso sea aún más recomendable la lectura de un escritor perspicaz como pocos y profesional seguramente como ninguno. Pese a tratarse de una colección de textos privados, sin voluntad de publicación, el escritor de gran talla aflora en la prosa vibrante, en la retórica, en la erudición literaria; por el mismo motivo, la espontaneidad permite acceder al lado más humano del consagrado. Coincidiendo con su relación con Louise Colet, escritora mediocre y amante apasionada, Gustave Flaubert (1821-1880) escribió su celebérrima novela Madame Bovary, considerada uno de los puntales de la narrativa francesa y occidental.

La edición de Siruela presenta una selección de 168 de las cartas que se conservan fruto de esa relación, aligeradas de repeticiones y nimiedades, en un período que corresponde a una etapa convulsa de la historia de Francia, que rueda de la monarquía orleanista a la Segunda República y al Segundo Imperio. Las primeras misivas (1846-1848) resultan cargantes por la almibarada densidad del juego de quereres y desquereres. En 1851 los amantes retoman su aventura y su correspondencia, tras un viaje a Oriente del roanés, que ahora es más maduro y conduce el intercambio hacia terrenos que le interesan más, sin perderse en alambicadas protestas de amor; hasta 1855, en que ella recibe una escueta y tajante nota de ruptura.

El joven que de vez en cuando abandona su refugio en Croisset para acercarse a París y visitar a su amante o relacionarse con un mundillo literario que en general desprecia es ya un escritor profesional. Los larguísimos párrafos que dedica a describir –y lamentar– lo ímprobo de su esfuerzo al componer su Bovary ilustran la tenacidad del autor de raza, que se sobrepone día tras día al tedio y al cansancio. Flaubert abomina de la inspiración y de los sentimientos; por el contrario, basa su trabajo en horas y horas de esfuerzo, de lucha contra el lenguaje y contra sí mismo y de estudio minucioso y reiterado de los clásicos (¡cuánto admiró a Shakespeare, a Sófocles, a Cervantes!), de las lenguas cultas –muertas y vivas–, de la filosofía y de otras materias que consideraba obligatorio conocer; todo lo cual le hace reconocerse inepto para la vida familiar.

La prosa de Flaubert está, además, salpicada de una mordacidad alimentada por su enorme perspicacia y a veces rayana en el sarcasmo. La ironía y una evidente tendencia aristocratizante tiñen sus opiniones sobre política, sobre la condición humana, sobre la condición de la mujer, sobre el amor, sobre el arte y la literatura. En cierta ocasión, a propósito de su calvicie incipiente, escribe: “mis cabellos caen como si fuesen convicciones políticas”. En otro punto afirma que “se hace crítica cuando no se puede hacer arte, igual que se hace uno delator cuando no se puede hacer soldado”... En conjunto, el volumen parece justificar los pareceres de Gide y Proust, para quienes el de Ruán no era tan importante por ser autor de Madame Bovary, Salambó o La educación sentimental como por habernos legado su correspondencia.

[Gustave Flaubert, Cartas a Louise Colet, traducción, prólogo y notas de Ignacio Malaxecheberría, Madrid: Ediciones Siruela, 1989 (2ª ed.: 2003).]

Saberse tiempo

Me manda José María Castrillón su poemario reciente y la convalecencia me permite leer. Habrá más consideraciones sobre este buen libro, pero de momento me conmueve la lectura del poema "Memorial de la ciudad":

La ciudad
se supo tiempo
en el invierno en que se hizo
necesaria para otros hombres,
más al norte, habitantes del frío.
Y fue humilde.
Levantada sobre el limo
no hizo plaza en su centro la memoria.
Así ha llegado hasta mí
que soy dolor del limo,
frágil acomodo del tiempo,
arrebujado en la necesidad
bajo el mismo invierno.

Siempre el tiempo, siempre la memoria. Y, no sé por qué, yo me he acordado de Gaspar Meana -otro asturiano admirable- y sus dibujos de guerreros que llegan desde mares septentrionales, desembarcan en las playas astures, humillan ciudades, aplacan su frío. Y con Castrillón sé que su frío es también el nuestro. Y nuestra fiebre.

[José María Castrillón, La vieja munición, Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2005.]

Con veinticinco años, Melcior Comes (Sa Pobla, 1980) es un escritor. Al margen del número de novelas publicadas (la primera fue L’aire i el món, València: Tres i Quatre, 2004) y de premios recibidos (el Ciutat d’Elx “Antoni Bru” 2003 y el Documenta 2004), la entidad de su segunda novela, L’estupor que us espera, nos permite hablar de un auténtico profesional de las letras, dotado del talento y la ambición suficientes como para llegar a lo más alto.

Con motivo de la publicación de su primera novela, Comes recibió el saludo entusiasta de Sebastià Alzamora en Avui y el positivo pero moderado de Joan Josep Isern en Caràcters. Isern destacaba la capacidad del mallorquín para crear un mundo propio, “un microcosmos cerrado, obsesivo, muy personal y, sin embargo, enormemente atractivo”, compuesto de paisajes, relaciones personales y referentes intelectuales (el ajedrez, el juego de palabras). En el contrapeso, el crítico señalaba la pérdida del control del relato en ocasiones en que el narrador se dejaba arrastrar por asuntos de su interés. Ahora que Comes ha publicado L’estupor, al entusiasmo un tanto agreste del imparable, de nuevo en Avui, y a la erudición más calculada de Damià Pons en Última Hora se vuelve a sumar, quisquillosa, la opinión en el diario barcelonés de un Isern que sigue apostando por un futuro brillante para Comes y se detiene de forma muy general en las ideas de un “microcosmos definido por el exceso como rasgo definidor” y de un “notable instinto narrativo y lingüístico”, pero declara una novela imperfecta al fin y al cabo, a la que le sobra –afirma, como único argumento en contra– la aparición de personajes reales: Baltasar Porcel, Calixto Bieito y Rutger Hauer. Y es que a este libro y a este autor (contra lo que les sucede a muchos: unos pocos genios porque no la necesitan, y demasiados otros porque no les aprovecharía) le hará mucho favor un poco de sana crítica.

Cuando uno afirmaba en la primera línea que Comes es un escritor, y no, por ejemplo, que L’estupor sea una gran novela, escribía muy precisamente lo que quería escribir. En la prosa de Comes se advierte un impulso narrador de una potencia natural y de unos recursos muy notables para su edad. Tanto es así que, como señaló acertada aunque superficialmente Isern, hay ocasiones en que al narrador le puede el personaje. El lector sigue con placer los sucesivos episodios de la novela, aunque en ningún momento de su recorrido llega a reconocer un argumento, de forma que, cuando alcanza el final y todo se resuelve en una breve, peculiar y sobrevenida historia de amor redentor, la novela queda en parte frustrada. Pese a la eficacia evocadora, al uso esporádico de imágenes de cierta brillantez lírica, a una asombrosa maestría en la creación de personajes, a la destreza descriptiva, a un lenguaje ágil y de gran complejidad sintáctica, riqueza léxica y éxito connotativo (esto último es importantísimo) y a la sabia combinación de reflexión no banal y sensualidad a flor de piel –de, en fin, cierta exaltación neorromántica y rimbaudiana–, Comes, por los pelos, no logra su objetivo.

Me apasionan sus personajes. La tieta Elvira es uno de los más atractivos que me he echado al coleto en los últimos años. Marzio Volpe es memorable, aunque resuenen en él ecos románticos demasiado estridentes, con los consiguientes tics verbales y escenográficos. Don Jaume Pons, maestro de esgrima, es un divertido personaje de comedia; y, en general, todos los que pasean por las páginas de L’estupor son ricos, redondos, sugerentes. También como narrador de anécdotas está Comes maduro. Son simpáticas las fases del libro en que un histriónico Baltasar Porcel alecciona y renueva los ánimos del protagonista, o en que éste intenta sin éxito arruinar la reputación de un odioso Calixto Bieito a quien la indigencia moral e intelectual parece fortalecer. El relato de la creación de la compañía teatral por Marzio y el protagonista es sencillamente genial, y el remate del episodio hilarante. Lo mismo se puede decir de casi todas las escenas; porque en esto consiste el libro, en una sucesión de escenas muy conseguidas. Así lo reconoce el autor en una entrevista publicada en Diario de Mallorca en junio de este año: “Escribo a base de escenas que trabajo como unidades [...]. Cuando tengo ya diversas escenas las retoco para que encajen”. Hay que decir que el trabajo de las distintas escenas es excelente; pero su encaje es defectuoso, porque el lector –como bien se lamentaba Isern– no llega a comprender la función de unas con respecto a otras, muy probablemente debido a la ausencia de una estructura verdaderamente equilibrada. No negaré que exista en el libro una voluntad estructural; pero carece de homogeneidad y las digresiones narrativas, por interesantes que resulten, en lugar de enriquecerla, la debilitan.

En definitiva, se trata de un buen libro que habría podido aspirar a ser mejor; tal vez sean responsables la juventud y la impaciencia de un autor al que entre líneas se le adivina tatuada, a fuego sobre el cuerpo y sobre el alma, la gran literatura. Si no nos equivocamos, no hay que lamentarse: madurará y lo disfrutaremos todos.

[Melcior Comes, L'estupor que us espera, Barcelona: Empúries, 2005. Premio Documenta de Narrativa. 158 pp.]

Durante demasiados años, un libro tan fundamental para nuestro entendimiento de la poesía hispánica, y de la poesía en general, como es Teoría de la expresión poética permaneció en triste desuso. No era posible aprovechar ni su brillantez teórica ni la pertinencia de las estrategias que Carlos Bousoño había catalogado en la poesía contemporánea (con objetos de estudio tan ilustres como Machado, Juan Ramón, Lorca o Aleixandre) para el análisis de una poesía de aspiraciones literarias tan mansas como furiosas eran las de algunos de sus practicantes. Sin embargo, una corriente multiforme, desatendida en los circuitos mayoritarios, ninguneada en los foros oficiales y en las editoriales señeras, pero viva y discretamente vibrante –al calor de la obra de unos pocos resistentes como José Ángel Valente o Antonio Gamoneda–, siguió creyendo en la poesía como revulsivo del lenguaje y de la conciencia y practicándola sin renunciar a los hallazgos de las vanguardias. Éstas, contra lo que nos habían asegurado, no habían muerto, aunque sí atravesaban una etapa muy prolongada de ostracismo.

La tradición que Eduardo Moga (Barcelona, 1962) reivindica en su antología Poesía Pasión es ésa: la de la vanguardia internacional, y antes la del Romanticismo, y antes la del Barroco. Moga, sin duda uno de los críticos españoles que mejor manejan la retórica tanto tradicional como contemporánea, defiende en su jugoso prólogo el apasionamiento en la poesía: “la tensión en el centro de su práctica poética”, la “saturación significativa del lenguaje”. A los argumentos intuitivos añade una batería de razones filológicas que se resume en una poundiana defensa del uso de la imagen frente al concepto, de la manipulación del ritmo y de la intensificación metafórica; y que se desarrolla en la apuesta por unos procedimientos sustitutivos que, a grandes rasgos, suponen un cuadrilátero tipológico delimitado por la amplificación visionaria, la radicalización simbólica, la ruptura sintáctica y la elipsis. Moga, él mismo poeta deudor de Aleixandre y Álvarez Ortega, recoge explícitamente buena parte de sus conceptos de Bousoño y los reelabora a la vista de los años pasados, sin rehuir el debate contra el figurativismo poético dominante en la España de los ochenta y los noventa que, precisamente, ha venido caracterizándose por su estrechez visionaria, su lenguaje cauto y comedido y un prosaísmo del que el buen realismo nunca fue sinónimo.

Esta antología, por tanto, es en parte un banderín de enganche para poetas apasionados, pero también un magnífico ejercicio de crítica literaria en que se analiza con rigor la obra de doce jóvenes nacidos entre 1968 y 1978. Lejos de la homogeneidad, junto al torrente libertario de Enrique Falcón se encuentra el silencioso discurso existencial de Marta Agudo, o el simbolista de Francisco León o Rafael-José Díaz. El lenguaje sensorial y sincopado de Víctor M. Díez convive junto al realismo depurado por la elipsis de Pablo García Casado. Bruno Marcos Carcedo, Julieta Valero, Marcos Canteli, Alicia Sivestre, Antonio Lucas y Christian Tubau completan una nómina abierta cuyos criterios e insuficiencias declara el propio antólogo en la introducción. Entre todos contribuyen a la calidad de un libro que, a la vez que se constituye en decidida propuesta estética, reúne una espléndida y significativa colección de versos.

[Eduardo Moga (selección, introducción y notas), Poesía Pasión. Doce jóvenes poetas españoles, Zaragoza: Libros del Innombrable, 2004.]

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