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A los 53 años Larry Brown gozaba de una doble reputación, la una literaria entre profesores y colegas (Barry Hannah, Harry Crews, Brad Watson), y la otra más, digamos, popular, muy leído y admirado por sus congéneres de los estados del sur de los EE.UU. 53 años es una edad demasiado joven para morir –¿cuándo se deja de ser joven para morir?–, y en el caso de un escritor en el cenit de su creación –permítannos la obviedad– la pérdida se convierte en irreparable. Para completar el escenario, nos encontramos con una inmensa novela sin terminar, cuyo manuscrito superaba los 700 folios y que, una vez recortada por aquí y por allá, se dejó encorsetar en unas densas 450 y pico. Acompañan al relato una sentida introducción, a modo de epicedio, escrita por Barry Hannah, además de una nota de la editora, en la que explica cómo se encargó de mantener íntegro el texto de Brown para su publicación, pero que, como solía hacer en vida del escritor, no permitió que lo superfluo se hiciese un hueco entre la trama por el mero hecho de ser parte de una novela póstuma. Aduce la editora que era ésta la forma habitual de trabajar que ambos compartían: ella proponía retoques al manuscrito y Brown, por lo general, los aceptaba. La prosa de Brown se extiende, se dilata, sus monólogos son acción, las descripciones se detienen en los detalles más minúsculos, casi insignificantes, y es esa acumulación a lo largo de un tiempo prolongado (tiempo de narración, pero también tiempo de lectura) la que puebla un universo recargado y barroco, siempre hostil, a pesar de que el mapa catastral desde el aire no alcance más que unas pocas decenas de kilómetros cuadrados. Pudiera parecer que las novelas de Brown carecen de argumento, pero quien no quiera ver los hilos que conforman el tejido vital de los personajes, durante el transcurso del relato se encontrará perdido en el denso bosque de las menudencias ornamentales cuya función no es otra sino proporcionar un telón de fondo a la acción interior, mucho más intensa y dramática que los, ya de por sí, trágicos o desconcertantes sucesos. Es ésta, a nuestro juicio, y por mucho que a Carson McCullers le incomodase esta etiqueta, la más gótica de las novelas de Brown, pues en ella no sólo se dibuja un territorio que, más allá de su particularidad, alcanza dimensiones míticas, pues las charcas de la novela son las de todo el sur estadounidense, como también lo son los campos de algodón, los remolques aletargados a la vera de caminos de gravilla, las factorías, las granjas, los ríos que transcurren mudos y que todo lo ven. Y es gótica también por la confluencia de tragedia y comedia, de esperpento y drama, y porque ni lo uno ni lo otro son objeto de regodeo por parte del narrador, sino que conviven en lo que parece ser una vecindad bien avenida, lo cual no hace sino intensificar la inquietud del lector. Porque la vida no conoce un comienzo concreto, ni tiene un final catártico, como tampoco lo tiene esta novela de Brown, por mucho que las notas finales del autor esbozasen una conclusión inminente.

[Larry Brown, A Miracle of Catfish. A Novel in Progress, Chapel Hill, NC, Shannon Ravenel / Algonquin Books of Chapel Hill, 2007, 455 pp.]

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