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Crews ha sido comparado con Faulkner por su vena gótica (léase: sureña) pero sin que sea rival de peso; hay quien opina que Swift leería sus novelas con gran placer, devoción incluso; otros lo equiparan, en lo concerniente a la expresión, con el deje y la cadencia de O’Connor, aunque matizado por un tono sardónico, rozando en ocasiones el esperpento; he leído reseñas en las que se llega a afirmar, con rotundidad, que sólo McCarthy, el reciente y flamante Premio Pulitzer, consigue hacerle cierta sombra en la escena literaria estadounidense. La novela que hoy nos ocupa tiene como protagonista a Hickum Looney, empeñado en ganar el concurso de ventas de jabón por catálogo, de puerta en puerta, que su empresa organiza anualmente. Looney da, por casualidad, con la clienta perfecta: una venerable anciana que muerde el anzuelo, le presenta a todas sus amigas y hace que las ventas se multipliquen hasta lo inverosímil. Pero queda un obstáculo por salvar: el jefe de la compañía, quien todos los años vende más jabón que todos sus empleados juntos, hundiéndolos en el más espantoso de los ridículos. El relato aparenta ser la típica historia del self-made man, el trabajador que se hace a sí mismo, comenzando en la pobreza más abyecta para elevarse, merced a su abnegado esfuerzo, hasta la gloria laboral y el éxito financiero. Pero esta fábula de superación personal y entrega a un ideal se convierte, en manos de Harry Crews, en un carnaval de personajes repletos de dudas y conflictos internos, y cuya estabilidad emocional va menguando conforme avanza la trama hacia una resolución tan disparatada como impredecible.

[Harry Crews, The Mulching of America, Nueva York: Scribner / Simon & Schuster, 1996, 269 pp.]

Cualquier mención –crítica o no– que hoy día se hace de Delmore Schwartz (1913-1966) pasa por asimilar su nombre a la colección de relatos In Dreams Begin Responsibilities y, dentro de ese libro, la atención se centra en el relato de título homónimo, casi como si no hubiera nada más que mereciera la pena leer de su puño y letra. Tengo la impresión de que, en lugar de ensalzar las virtudes del mencionado relato (y el volumen al que éste pertenece), lo que quien así opina en realidad consigue es emitir un juicio negativo, por omisión, acerca de la obra del escritor y editor neoyorquino, entre la que se incluyen poemarios, epistolarios, ensayos, escritos autobiográficos y, cómo no, otros volúmenes de cuentos. El que hoy nos ocupa, el último que publicase en vida y que, tras su muerte, permaneciera durante años sin reimprimirse, abandona el, en otros libros, ominipresente tema de los intelectuales judíos e hijos de emigrados para posar su mirada sobre las costumbres de sus contemporáneos, sin que sea relevante su etnia o condición social. Merced a su tono irónico, envuelto siempre en una dicción clásica (la aparente falta de retórica es, de por sí, un lenguaje retórico implícito), y a la creación de un ambiente de gran lirismo, las relaciones de padres e hijos, profesores universitarios y eruditos, adolescentes y adultos, conforman un paisaje humano de soledad y confusión que, en lo fundamental, no parece ubicado en los años 60 neoyorquinos sino que tocan la fibra de lo universal que a todos nos iguala.

[Delmore Schwartz, Successful Love and Other Stories, Nueva York: Persea Books, 1990, 252 pp.]

Frank es conductor, en turno de noche, de ambulancias de la ciudad de Nueva York, paramedic, como dicen por allá. Hace algún tiempo que le dejó su mujer, y le persiguen dos fantasmas. Por las calles, el de una chiquilla a quien no pudo salvarle la vida porque en aquel preciso instante el tubo respirador no quería entrar laringe abajo y se empeñaba en colarse por el esófago; en el hospital, el fantasma de un hombre al que debería haber dejado morir cuando atendió su parada cardiorrespiratoria en su casa, rodeado de su familia, le increpa para que le desate de la máquina que lo mantiene con vida en la UCI del hospital. La hija de este hombre, quizá antigua compañera de juegos de Frank en los parques infantiles de NYC, tiene gran afición a los narcóticos: querría suicidarse, pero sustituye sus miedos por dosis de profundo sueño a la carta. Frank recorre los barrios, los pisos, los tugurios, los solares, enganchado él también a su propio opiáceo, el de salvar vidas, ajeno a la gran verdad de la suya propia: que es él quien precisa de salvación. Auténtica en los detalles, mítica en sus intenciones, la anécdota es el trampolín para una narración simbólica en la que o todos los personajes son héroes o, si no, no puede serlo ninguno. En ocasiones veloz y trepidante, asmática y ronca en otras, esta lírica primera novela debería formar parte ya del catálogo de la gran literatura estadounidense contemporánea.

[Joe Connelly, Bringing Out the Dead, Nueva York: Vintage Books, 1999, 323 pp.]

No sabía yo que, siglos atrás, a los gallegos que bajaban a Castilla o Portugal (igual que a los miñotos que cruzaban el Duero) se los solía embromar preguntándoles si como buenos gallegos perdonaban al Meco. Si el gallego inadvertido contestaba que sí perdonaba, reconocía sin saberlo la condición de cornudo, y la de mujer fácil en todas sus paisanas, con la burla subsiguiente... El padre Sarmiento (1695-1772), benedictino pontevedrés en Madrid, dedicó varios escritos menores, entre ellos el nombrado al pie, a combatir esa costumbre de dar chasco a los gallegos. Aun si sus explicaciones etimológicas son erradas (asocia al Meco con Mahoma, de la Meca, por lo que, afirma, un buen gallego, por cristiano viejo, nunca podría perdonar al Meco; o con un personaje natural de Meco, la población próxima a Alcalá), ofrece atisbos de lo que Clodio González Pérez nos explica en el estudio que adjunta a la reproducción facsimilar de la segunda edición de este opúsculo, datada en 1795: la leyenda subyacente, reflejada también el folclore galaico, remite a un sacerdote especialmente lujurioso (moechus, en latín) que acabó linchado en El Grove por los aldeanos ultrajados: ellos, claro está, no habían perdonado al meco. Una curiosa historia. Sólo una nota más: González Pérez señala el Estebanillo González (Amberes, 1646) y el Vocabulario Portuguez e Latino de Bluteau (Lisboa, 1716) como testimonios escritos de esta broma propia de los siglos XVII y XVIII; quiero señalar un pésimo poema satírico del argentino fray Francisco de Paula Castañeda, "El anchopiteco", como testimonio ya del siglo XIX (La lira argentina o Colección de las piezas poéticas dadas a luz en Buenos Aires durante la guerra de su independencia, Buenos Aires, 1824), aunque el significado de la expresión parece en él ya desvirtuado.

[Martín Sarmiento, Meco-Moro-Agudo: epítetos del impostor Mahoma. Por qué los Gallegos no pueden ni deben perdonar á Meco, ed. de Clodio González Pérez, Obre (Noia): Toxosoutos, 2001, 20 + 45 pp.]

“Now I lie here, with my eyes on a pistol. / There will be a morrow, and another, and / another” [“Ahora yazgo aquí, con la vista fija en una pistola. / Habrá un mañana, y otro, y / otro”]. Djuna Barnes escribió, sobre todo, novelas y cuentos, amén de multitud de artículos periodísticos, todos los cuales gozaron del clamor de crítica y público. No en vano, se considera a su Nightwood (1936) como una de las cumbres del modernismo literario. Lo que no se sabía, sin embargo, era que los últimos veinte años de su vida, los que trascurrieron desde 1962 a 1982, Barnes los dedicó en exclusiva a sus poemas. Verso a verso, folio a folio, los iba depositando al azar por los rincones de su apartamento neoyorquino sin la menor intención de publicarlos. Tras su muerte la sorpresa fue mayúscula: cajas a rebosar de poemas, en diversos estados de conclusión, daban al traste con la idea de una producción lírica exigua o marginal. Luchando contra su soledad, contra su alcoholismo y contra su propio cuerpo, que se negaba a funcionar con un mínimo de decoro, Barnes dejó un legado poético de 71 años que precisa de una urgente reconsideración. Desde el lirismo cristalino de los primeros versos hasta el barroco impenetrable y desquiciado de los últimos, su poesía es la exploración de una vida que, según su decir, se asemeja a una broma de mal gusto, una vida que discurre marcada por la hipnosis que ejercen el amor tracionero y el fogonazo final de la muerte.

[Djuna Barnes, Poesía reunida 1911-1982 (ed. bilingüe), Tarragona: Igitur, 2004, 206 pp.]

Hay escritores que entienden su oficio como si algo o alguien les hubiera subido a un pedestal, como si lo observaran todo –la vida, las gentes, los universos todos– desde una posición de privilegio; pero contamos también con esa otra estirpe de los escritores que no saben desligar la vida de las palabras, que se entregan en cada línea que escriben con toda la dedicación de la que son capaces en cada instante de su existencia. Porque la entrega epistolar es una forma de muerte personal: quien menos cree en uno mismo se da a los demás en sus palabras. Envías una carta y allá va otro pedazo más de ti. Y cuanto menos quede de uno mismo, mejor. Tengo entendido que a Avelino Hernández le faltaba tiempo para contestar a todos sus corresponsales, aunque tampoco creo, en este caso, que la cantidad sea garante de calidad, que se basta por sí sola. A mí, maniático hasta lo enfermizo de la escritura epistolar, con las que se recogen en este volumen me sobran para estar rumiando sus palabras, que ahora son mías, durante semanas enteras. Y qué mejor forma de sobrevivir la propia muerte, si no es perviviendo en la memoria de los demás, en palabras que son de otros, de todos y de nadie.

[Avelino Hernández, Cartas desde Selva, Segovia: Caja de Ahorros de Segovia, 2007, 238 pp.]

Este epistolario entre el borrachín de Los Ángeles y el canadiense, no menos dado a la ebriedad, Al Purdy, recoge la correspondencia que ambos poetas intercambiaron durante los años ’60 y ‘70 del siglo pasado y que, entre chascarrillos y cuchicheos, dio como fruto un texto lírico y, en ocasiones, sobrecogedor. En él, sobre todo, se masca el juego de la ficción y la realidad con el que tanto disfrutaban, ése de los álter egos y los personajes detrás de las palabras. Creo que, de las 37 de la colección, la carta con la que más he disfrutado ha sido la nº 18, una verdadera bomba de relojería que te explota en los ojos y en las uñas. Me llama la atención también la nº 24, en la que Bukowski menciona a William Wantling, en una época de su vida en la que aún le consideraba “uno de los suyos”, es decir, un poeta con garra y fuerza y toda la bravuconería machota de la que un Bukowski cuarentón y pendenciero se servía para irse labrando su imagen de cabrón degenerado. Y tengo dos noticias, una buena y otra mala; la mala es que no hay traducción al español de este epistolario; la buena es que sé, de muy buena tinta, que hay por ahí un traductor fanfarrón que se ha propuesto que alguna editorial acabe por aceptarle el texto. Ya veremos.

[Seamus Cooney (ed.), The Bukowski/Purdy Letters: A Decade of Dialogue, 1964-1974, Sutton West, Ontario, & Santa Barbara, CA: The Paget Press, 1983, 117 pp.]

Avelino Hernández desapareció cuando alcanzaba una altísima cima de madurez como narrador. En sus últimos años contó con el respaldo de la editorial Espasa-Calpe, entre cuyas publicaciones se encuentra este impresionante delirio previo a la muerte de la hija de un terrateniente polaco que sufre una infancia sin amor, la guerra, la persecución nazi, la vejación física, la revolución campesina, un exilio dorado -pero no tanto- en una isla mediterránea, el desamor, el deseo, el remordimiento, la nostalgia, el prejuicio propio y el ajeno, la decadencia, la soledad. Magnífica estructura narrativa, basada en el desordenado diálogo de la moribunda con los vivos y los muertos que sucesivamente la visitan y que poco a poco van ayudando a desvelar las claves de su sufrimiento y del de un continente en un siglo disparatado. La complejidad del personaje es ejemplar. Encontraremos la anécdota que sustenta la novela y comentarios del autor sobre la misma en uno de los libros póstumos de Avelino: el reciente epistolario Cartas desde Selva.

[Avelino Hernández, La señora Lubomirska regresa a Polonia, Madrid: Espasa-Calpe, 2003, 142 pp.]

Este libro me lo regaló, irónica y curiosamente, una mujer. Ella creía que mi cerebro no funciona como el de cualquier macho de la especie, o acaso fuera que el suyo no era el propio de una hembra. Ya no lo recuerdo bien. Sea como fuere, el libro es algo así como un análisis-novela, o una novela analítica, no sé muy bien cómo llamarlo. El narrador del relato se enamora perdidamente de una señorita durante el breve trayecto de un vuelo nacional, lo que sirve chispazo, casi anecdótico, para el posterior análisis filosófico de las implicaciones emocionales e intelectuales de su enamoramiento. Más que un relato, podría decirse que es casi un escalpelo racional. Encontrarán en él teorías del caos, psicológicas, geométricas y un sinfín de razonamientos que tratan de dar cuenta de lo que a todos se nos escurre entre los dedos. Con cada ecuación que ensaya el narrador, ¡zas!, otro tajo más al corazón. Los que no anden muy duchos con el inglés pueden servirse también de la traducción hecha para Ediciones B.

[Alain de Botton, On Love, Nueva York: Grove Press, 1993, 231 pp.]

Desde que Lichtenberg escribiera sus Aforismos, calificados por Nietzsche, el gran compositor de máximas y adagios, como “el mejor libro alemán que existe”, no me había topado con una colección de dichos breves como la que ahora nos ocupa. Producto del azar –su autor sufrió una terrible lesión espinal al caer del caballo que montaba, lo que le impulsó (¿le condenó?) a pasar las horas muertas encerrado en la biblioteca que, gracias a su fortuna, había ido adquiriendo–, este libro es único en las letras en español. Su idioma certero y punzante, pero no por ello menos rítmico y melodioso, logra expresar con asombrosa concisión todo aquello que la hojarasca de diez mil volúmenes ni siquiera logra rozar. Sin nada que perder, sin ninguna intención que le anime al beneficio, Gómez Dávila utiliza el fino escalpelo del humor disfrazado con la máscara de la flema y la sentencia para burlarse de sí mismo y todos nosotros, nos suelta una sarta de bofetadas que nos encienden los carrillos del alma, para después plantarnos un espejo en el que contemplar lo que nadie nos había dicho. A diestra y siniestra, sus soplamocos nos levantan del asiento y nos hacen volver la vista atrás, por miedo a que seamos nuestros los pasos que nos están persiguiendo.

[Nicolás Gómez Dávila, Sucesivos escolios a un texto implícito, Madrid: Altera, 2002, 157 pp.]

Qué pena, tener que acabarla. Habría seguido disfrutando del relato de las peripecias de Hans por esas ciudades neblinosas y doloridas, y de sus diatribas anticatólicas y anticlericales. Por otra parte, y es lo que querría hoy comentar, llama la atención poderosamente la portada de esta edición: se trata de la fotografía, en un B/N que quita el hipo, de un payaso que se lleva a la boca un pitillo con la mano derecha, mientras deja que la izquierda le descanse a la altura del muslo agarrando unas rosas tristísimas. Al fondo se adivinan la carpa de un circo y el terreno llano y arenoso donde éste se asienta. El payaso viste un bombín a lo Chaplin, un maquillaje blanco luminoso le oculta el rostro, que aparece coronado con unas cejas negras que se arquean hasta desaparecer, por asimilación, bajo el sombrero. El resto de su vestimenta es de un gris rayano en el luto. Recuerdo que cuando dejé el libro en mi escritorio, en el instituto, uno de mis alumnos que lo vio allí no dudó un instante al afirmar que “ésta debe ser la foto del payaso más tenebroso de todos los tiempos”. Y no le faltaba razón.

[Heinrich Böll, The Clown, Londres: Penguin, 1994, 272 pp.]

En su día también leí este otro libro de Daniel Chavarría, que es, para quien aún no haya indagado nada sobre él, un escritor uruguayo afincado en Cuba y dedicado, entre otros quehaceres y aunque no lo parezca, a ganar premios por sus novelas policíacas. Ésta de hoy, sin embargo, es el relato de una anécdota extraída de las muchas idas y venidas de su autor: el enamoramiento del escritor-narrador de una muchacha, Gabriela, o Gaby, como la llaman sus amigos y familiares, y las consiguientes peripecias, los inevitables tiras y aflojas, los vaivenes del corazón y los cuerpos. Pero es un relato que oculta una narración paralela, sin lugar a dudas más enjundiosa que la anécdota novelesca, y que gira en torno a la oposición de los sexos, es decir, una serie de lucubraciones, maquinaciones y/o meditaciones sobre las relaciones de poder entre amores y enamorados. Encontrará el lector un español fino y elegante, muy coloquial en los diálogos y hermoso en los momentos más calmados, que es justo cuando se deja entrever el esmero con el que se ha compuesto, ese aparente descuido con el que se labra un relato y que, en realidad, revela la maestría de orfebre del idioma de su autor.

[Daniel Chavarría, Aquel año en Madrid, México: Planeta, 1998, 251 pp.]

El catálogo recoge el conjunto de piezas fruto de la colaboración de Miró con el gran ceramista Artigas, con su hijo Joan Gardy y últimamente con el alemán Hans Spinner. En la obra y en su documentación se pone de manifiesto el espíritu tremendamente humilde del gran catalán, abierto siempre al aprendizaje y respetuoso al máximo con los saberes de los demás. Cuando Miró acometió la cerámica de la mano de Artigas no era ningún jovenzuelo, sino un artista de renombre internacional que rondaba la cincuentena. Durante cuarenta años más siguió aprendiendo a ofrecer sus colores a través del fuego y compartiendo su experiencia creativa, hasta el punto de que, en referencia a su cerámica, algún crítico asume que “el azul Miró” o “el rojo Miró” son, en el fondo, creaciones de Artigas.

[Joan Punyet Miró y Joan Gardy Artigas (realiz.), Joan Miró-Josep Llorens Artigas. Ceramics. Catalogue raisonné. 1941-1981, con la colaboración de Cristina Calero Fernández, texto de Jacques Dupin, París: Daniel Lelong y Successió Miró, 2007, 394 pp.]

Ermanno Cavazzoni (Reggio Emilia, 1947) es profesor de Estética en la Universidad de Bolonia. No sabemos si esta condición fue determinante para concebir sus Vite brevi di idiote (Milano: Giangiacomo Feltrinelli, 1994), pero al menos debió ayudarle en el capítulo "El poeta Dino Campana", la hilarante historia de un estudiante con una trayectoria académica brillante, basada en ninguna lectura; ¿les suena a alguien conocido? A lo largo de treinta y una narraciones breves de prosa afilada y escueta, y a través de personajes atacados por diversos déficits cognitivos, patologías o incomprensiones varias, Cavazzoni hace una genuina y divertida disección de la sociedad italiana de su tiempo. Para seguir con los casos relacionados con la literatura, no se pierdan "El escritor realista". En él hemos entendido una crítica no tan soterrada, y hemos podido atisbar los reflejos de algunos escritores que conocemos.

[Ermanno Cavazzoni, Breviario de idiotas, Barcelona: Planeta, 1998, 184 pp.]

La trama de Lo que dura dura tiene un núcleo principal de intriga; su retrato del lumpen habanero, su conocimiento de los tráficos clandestinos, del mundo de la hermandad abacuá o del ambiente carcelario sostienen el argumento. Pero la novela quiere también justificar en alguna medida la igualdad revolucionaria que predica el régimen: sus personajes, como arrastrados por el espíritu de la tragedia griega en versión yoruba, afrontan la marginalidad como resultado de un hado inatacable, o bien ascienden los peldaños de la educación oficial y se incorporan con éxito al engranaje social gracias a sus dotes y esfuerzo, independientemente de su color y de su clase. La ausencia de crítica política no excluye un enfoque desprejuiciado y plural de una realidad bastante lejana a la que venden Cubatur o Sol Meliá. Si a una trama ágil y equilibrada –no deslumbrante, pero efectiva– le añadimos una anécdota de partida de gran comicidad, un manejo diestro de los registros lingüísticos, acierto en la caracterización y una gran fidelidad a la función social de los ritos sincréticos afrocubanos, ciertamente nos plantamos ante dos o tres horas de refrescante lectura.

[Daniel Chavarría, Lo que dura, dura, Barcelona: Ediciones B, 2005, 214 pp.]

La primera vez que la leí no podía contener la risa, fue algo bárbaro, cada dos por tres estallando en una carcajada: los perros que le fastidian, o las damas que salen medio desnudas y aburridas del todo a esperarle al porche de sus casas, o jugarse la vida por tener que repartir correo publicitario… Una novela, por cierto, que escribió en menos que se persigna un cura loco, se sentó a teclearla y no la dejó hasta que, en unas pocas semanas, la tuvo terminada. Acababa de renunciar a su trabajo (de cartero, de qué si no) y había decidido dedicarse de lleno a la escritura. Hay quien le achaca su excesivo tono a lo Hemingway, el no haberse sabido desligar de sus modelos para, al final, producir un mero ejercicio de estilo. Touché. Pero también encontramos el Bukowski más mordaz y pendenciero, algunos dirían que incluso morboso, con toda su carga de sexo y absurdo y, sobre todo, su desprecio al trabajo, a la meritocracia, al estilo de vida americano. Creo que por ahí van los tiros. (Nota bene: traducción en Anagrama con el título de Cartero).

[Charles Bukowski, Post Office, Santa Rosa, CA: Black Sparrow Press, 1971, 198 pp.]

No contento con pergeñar un relato aventurero y multitemporal, Chavarría escribe con tres estilos distintos, contemporáneos a su contexto histórico, como es de ley. Y no sólo usa tres estilos de castellano diferenciados y, por cierto, magníficamente trazados, sino que consigue tres personajes de carne y hueso: verosímiles, es decir, respirando y sudando y vibrando. Y basta ya de metáforas fisiológicas. Esta técnica suya de usar varias narraciones entrecruzadas geográfica e históricamente la volverá a utilizar en Allá ellos, esta vez en la amazonía y el Brasil, con un toque de thriller y de novela de espías. El no va más.

[Daniel Chavarría, La sexta isla, Barcelona: Planeta, 1998, 480 pp.]

“Y he ahí la ventaja de la palabra sobre la imagen. La palabra se mete por donde quiere, va, viene, fluye, se escabulle, atraviesa paredes y ve sin que la vean, registra sin cambiar.” Esto se afirma en la página 501 (y principio de la 502) de Años de indulgencia, una de las novelas autobiográficas que componen la pentalogía El río del tiempo. Es curioso, porque la capacidad de atravesar paredes se la otorga en otra ocasión también a la muerte, de modo que se trata de algo que la muerte y la palabra comparten: atravesar paredes. Lo que sucede es que una lo hace callando y la otra lo hará a gritos, o en susurros, o desconsoladamente, o según la situación lo requiera o la boca parlante sepa o pueda hacerlo. Así pues, la palabra y el tiempo –iba a decir y la vida, y la muerte, pero en el tiempo se encierran estas dos últimas– conforman el fluir de un río, como el de Heráclito, en el que cuando has metido la punta de los dedos de los pies para remojarlos, ya nada es lo mismo: ni el río, ni uno mismo, ni apenas las palabras. Memoria de una vida múltiple, escrita con una prosa envidiable, dinámica, y con la intención de atrapar lo inasible.

[Fernando Vallejo, El río del tiempo, Bogotá: Alfaguara, 2002, 711 pp.]

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