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Desde que Lichtenberg escribiera sus Aforismos, calificados por Nietzsche, el gran compositor de máximas y adagios, como “el mejor libro alemán que existe”, no me había topado con una colección de dichos breves como la que ahora nos ocupa. Producto del azar –su autor sufrió una terrible lesión espinal al caer del caballo que montaba, lo que le impulsó (¿le condenó?) a pasar las horas muertas encerrado en la biblioteca que, gracias a su fortuna, había ido adquiriendo–, este libro es único en las letras en español. Su idioma certero y punzante, pero no por ello menos rítmico y melodioso, logra expresar con asombrosa concisión todo aquello que la hojarasca de diez mil volúmenes ni siquiera logra rozar. Sin nada que perder, sin ninguna intención que le anime al beneficio, Gómez Dávila utiliza el fino escalpelo del humor disfrazado con la máscara de la flema y la sentencia para burlarse de sí mismo y todos nosotros, nos suelta una sarta de bofetadas que nos encienden los carrillos del alma, para después plantarnos un espejo en el que contemplar lo que nadie nos había dicho. A diestra y siniestra, sus soplamocos nos levantan del asiento y nos hacen volver la vista atrás, por miedo a que seamos nuestros los pasos que nos están persiguiendo.

[Nicolás Gómez Dávila, Sucesivos escolios a un texto implícito, Madrid: Altera, 2002, 157 pp.]

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