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“Y he ahí la ventaja de la palabra sobre la imagen. La palabra se mete por donde quiere, va, viene, fluye, se escabulle, atraviesa paredes y ve sin que la vean, registra sin cambiar.” Esto se afirma en la página 501 (y principio de la 502) de Años de indulgencia, una de las novelas autobiográficas que componen la pentalogía El río del tiempo. Es curioso, porque la capacidad de atravesar paredes se la otorga en otra ocasión también a la muerte, de modo que se trata de algo que la muerte y la palabra comparten: atravesar paredes. Lo que sucede es que una lo hace callando y la otra lo hará a gritos, o en susurros, o desconsoladamente, o según la situación lo requiera o la boca parlante sepa o pueda hacerlo. Así pues, la palabra y el tiempo –iba a decir y la vida, y la muerte, pero en el tiempo se encierran estas dos últimas– conforman el fluir de un río, como el de Heráclito, en el que cuando has metido la punta de los dedos de los pies para remojarlos, ya nada es lo mismo: ni el río, ni uno mismo, ni apenas las palabras. Memoria de una vida múltiple, escrita con una prosa envidiable, dinámica, y con la intención de atrapar lo inasible.

[Fernando Vallejo, El río del tiempo, Bogotá: Alfaguara, 2002, 711 pp.]

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