A finales de los noventa, Fernando Botero sintió la necesidad de completar su visión de la realidad de su país, aunque desde luego no movido por el compromiso social: “No aspiro a que estos cuadros vayan a arreglar nada”, afirmó en 2001. “No estoy haciendo arte comprometido, ese arte que aspira a cambiar las cosas, porque no creo en eso”. Más bien parece algo así como coherencia profesional: el artista se debe a sí mismo cierta exhaustividad, y eludir el fenómeno de la violencia en Colombia supondría hurtarle una buena dosis de la realidad a su obra. Surgió así una larga serie de trabajos en los que acomete el tema de la violencia en su país; frente a su habitual versión amable del mundo, arraigada tanto en el Renacimiento como en el muralismo mexicano, con ironía y una voluptuosidad tropical en los volúmenes y en los colores -en definitiva, una concepción del arte marcada por la celebración, el humor y cierta pronunciada poetización de lo representado-, el artista retoma los temas que ya habían salpicado aquí y allá su obra desde su primera Mujer llorando (1949). Donados por el artista al Museo Nacional de Colombia en 2004, aquellos cuadros se exponen hoy en Palma.

[Fernando Botero, Una mirada diferente, catálogo de exposición, textos de Santiago Londoño y Beatriz González, Alicante: Caja de Ahorros del Mediterráneo, 2007, 136 pp.]

El ejemplar que yo tengo lo compré en la Biblioteca Pública de Chicago, rescatado de entre todo lo que consideraban inservible y que, para deshacerse de ello, vendían a precio de saldo. Lo leí durante un otoño en el que me encontraba enfrascado en estudios sobre las ciencias y sus filosofías, y lo cierto es que conseguió abrirme todo un ventanal de ráfagas de aire fresco en la enmarañada selva de ecuaciones y teorías sobre la realidad. Aviso para navegantes: aunque su autor lo sea, para leer esta novela no se precisa ser doctor en Física; con abrir la mente al mundo inconsciente, azaroso y desconcertante del tiempo, basta y sobra. Nunca el cálculo de mundos posibles según el baile de las horas –hacia adelante o hacia atrás, inmóvil, a brincos, de puntillas, en espiral, jugando al escondite– había sido tan conmovedor como en esta visión inspirada en los sueños y pesadillas que pudo haber tenido (que acaso tuvo) el bigotudo genial. Y no me estoy refieriendo a Groucho Marx, aunque también podría haber sido él.

[Alan Lightman, Einstein’s Dreams, Nueva York: Pantheon Books, 1993, 180 pp.]

Asomándose a los contornos de lo humano, Teresa Matas dibuja un mapa contextual y de matices que, sin resolver directamente la cuestión central, señala eficazmente algunas de sus fronteras. El dolor y la muerte, la duda permanente, la condición desvalida del ser humano y de la mujer en particular, son fenómenos que quedan sin aclarar en una exposición significativamente titulada Abriendo cerrando, cerrando abriendo; pero que, en todo caso, son sometidos a fructífero asedio y dan origen a un apasionante mundo de sensaciones que nos ilumina. El horror y la duda, nos dice Matas, no están lejos de nuestro entorno de presunta seguridad, ni del sexo, ni del ámbito del espíritu que teóricamente debería cumplir también funciones de amparo. Tras el magnífico montaje del pasado marzo-abril, llega este espléndido catálogo que lo ilustra, con textos de Isabel Cadevall (la comisaria de la muestra), Piedad Solans, Alicia Murría, William Jeffett y Pilar Baos.

[Teresa Matas, Abriendo cerrando, cerrando abriendo, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Ajuntament de Palma, 2007, 160 pp.]

Recuento de la relación amorosa entre un sociólogo y una física, su posterior ruptura sentimental (ella se enamora de un universo paralelo, un espacio vacío, una nada que han creado en el laboratorio de la Universidad donde ambos trabajan), y los derroteros por los que les llevan las obsesiones de la una y del otro. Imaginen que el Vacío experimental tiene sus propios gustos (prefiere una granada a unos huevos revueltos, una bombilla a un piolet, y un calcetín de rombos a una pajarita), que para ella eso lo convierte en una entidad de personalidad arrolladora, pero que para él se revela como un contrincante imbatible: lo indescriptible, lo que no manifiesta ninguna cualidad física, tampoco adolece de ningún defecto. Poético, en ocasiones desternillante, inteligente y fino. Una maravilla que cabe en cualquier mochila, maletín o bolsillo para poder leerla en parques, metros o el váter. Y sin necesidad de enchufarla a la luz. Los poco duchos con el inglés cuentan con la traducción española de Mondadori.

[Jonathan Lethem, As She Climbed Across the Table, Nueva York: Vintage-Random House, 1997, 212 pp.]

Ganador del XI Premio de Novela Ciudad de Salamanca, Calle Feria es el retrato de una ciudad, de una época y de un país. Los fragmentos que componen el libro adoptan distintos formatos: ensayo, relato, reseña cinematográfica, comunicado gubernativo, diálogo dramático, fórmula magistral, diario personal, experimento a lo Queneau, diálogo mayéutico, carta, columna periodística de opinión… Aparte la destreza narrativa, dan unidad al conjunto un eficaz entramado de referencias directas e indirectas, la soledad y la incomunicación como leitmotive, el amor por la palabra como constante en la factura y en los contenidos, la preocupación por la responsabilidad del escritor y un posicionamiento ideológico claro a favor de los sometidos, los silenciosos o silenciados, los perdedores (de la guerra civil, de la historia, del mercado, del conflicto de los sexos). Una fábula magnífica que es, al mismo tiempo, un comprometido monumento a la complejidad de la realidad.

[Tomás Sánchez Santiago, Calle Feria, Sevilla: Algaida, 2007, 532 pp.]

Aseguran los prologuistas de este volumen que la ocasional desestructuración de su escritura es intencionada, que el público actual, acostumbrado a los cortes y flashbacks de las películas, lo entiende mejor que los contemporáneos de Arlt, que veían un fundido en negro entre escena y escena. Con todo, Arlt no es un innovador de lo narrativo (antes que él, Joyce ya había estado enredando con técnicas literarias que el cine adoptaría más adelante), pero lo que quiere hacernos saber lo dice bien. Y con gracia. Y con mucha mala leche, a veces. Otras, por el contrario, cubre las palabras con un pesado manto de tristeza y de derrota. Se las apañó, además, para escribir con un lenguaje florido y metafórico, en el que también insertó el habla de las gentes, de los porteños, sus insultos, sus tacos, sus dichos populares. Sartre y Camus, mediado el siglo pasado, observaron que el infierno son los otros, que siempre se es extranjero, incluso para uno mismo. Arlt ya nos lo había revelado 30 años antes que ellos, pero creo que a él no le hicimos demasiado caso entonces.

[Roberto Arlt, Los siete locos, (Flora Guzmán, ed.), Madrid: Cátedra, 1992, 352 pp.]

“Water Street”: “El mundo nos resulta ajeno, inhóspito. / Debiera ser destruido por completo. / Construir un mundo nuevo sin sus ruinas. // Y estrenar una vida diferente. // Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo / tampoco hallarán propio nuevos hombres. / También ellos querrán un mundo nuevo. // Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.” Urbe, sexo, crimen. Con aparente simpleza de formas, si se le echa un segundo vistazo (amén de los obvios hipérbatos y un par de figurillas más desperdigadas por ahí) se percibe que el ritmo que consiguen estos poemas surge desde dentro, y no por medio del significado de las palabras. Los cortes de línea no son semánticos, son rítmicos. Hay quien opina que su poesía es inconstante: a mi juicio, eso la hace aun más atractiva. He descubierto, además, que algunos de sus poemas que más me impresionaron tiempo atrás ahora significan muy poca cosa, y que otros que pasaron desapercibidos antaño, hogaño parecen como subrayados con rotulador fluorescente. Pero supongo que eso es lo que distingue a un buen poemario.

[José María Fonollosa, Ciudad del hombre: New York, Barcelona: Quaderns Crema, 1990, 131 pp. (La cubierta que se muestra corresponde a la edición, en Barcelona, de El Acantilado, 2000, 131 pp.)]

Sócrates es el primero del que sé que suicidaran, tragando cicuta mientras no paraba de hablarle a quien quisiera escucharle. A Dostoievski quisieron suicidarle en Siberia con un pelotón de fusilamiento, pero en el último segundo, atado ya al poste, revocaron la orden. Lorca conoció peor suerte: los fascistas de Franco, o quizá una familia rival, que para el caso es lo mismo, lo suicidaron a la vera de cualquier camino andaluz. Tras la caída del régimen de Mussolini, los americanos quisieron suicidar a Ezra Pound enjaulándole y exhibiéndole por las calles italianas. De regreso en EE.UU., su suicidio, de viejo, le sobrevino tras haber permanecido encerrado en un psiquiátrico durante años, amable y civilizadamente.

[Ramón Andrés, Historia del suicidio en Occidente, Barcelona: Península, 2003, 367 pp.]

Este texto de William S. Burroughs es un caso singular en el conjunto de su obra. Ghost of Chance es una brevísima eco-novela, ambientada en la isla de Madagascar, que estrena a un Burroughs preocupado por los problemas de supervivencia de una raza, la humana, condenada a la extinción. Seguramente pueda ser considerada como una obrita menor; en realidad, palidece ante Naked Lunch, o la misma Junkie. Pero sus méritos son otros, por supuesto. Es una obra inclasificable: su concisión, su estilo a medio camino de la fantasía, el historicismo y los comentarios de índole naturalista, la hacen una novela, como poco, peculiar. Pero que no se me malinterprete, es Burroughs por los cuatro costados. Seca, directa. Acaso la brevedad la hace doblemente eficiente a este respecto. Traducida en España por Muchnik con el título El fantasma accidental.

[William S. Burroughs, Ghost of Chance, Londres: Serpent’s Tail, 2002, 59 pp.]

Como un anticipo aperitivo de su novela Calle Feria, el autor publica en un volumen editado de forma un tanto extravagante notas, reflexiones y relatos brevísimos que conforman una especie de gramática de la ciudad. La ciudad es Zamora, tierra cuyo "único horizonte es la claudicación". Y sus personajes son la gente común, los olvidados protagonistas de la Historia. La apuesta por un horizonte de amplitudes éticas, la propuesta de rehumanización de todo lo deshumanizado, el desprecio de lo grandilocuente (la reivindicación de lo callado, de lo diminuto, de lo pausado) conforman un paisaje de intereses cuyo criterio de valoración queda magníficamente resumido en un sintagma al mismo tiempo lúcido y sentimental y, por tanto, de la inmensa altura del hombre: "lumbre baja". En Tomás Sánchez Santiago la prosa y la poesía no muestran límites concretos.

[Tomás Sánchez Santiago, Los pormenores, León: Asociación Cultural "La Armonía de las Letras", 2007, 168 pp.]

Larry Brown es, para empezar, una suerte de William Faulkner de nuestros días: ex-bombero, ex-marine, autor de seis novelas, una de ellas póstuma, dos colecciones de cuentos y dos de ensayos, fallecido en 2004 de un ataque al corazón. Su colección de historias Big Bad Love, por hacer una comparación con alguien que el público español ya conoce, me deja al leerla el mismo sabor de boca que las primeras colecciones de cuentos de Thom Jones, especialmente la de El púgil en reposo. Historias sagaces, revelando lo brutal de lo cotidiano, lo irrisorio del día a día. Diabólicas en su concepción, geométricas en su diseño, brillantes en su ejecución. Me dejan sin habla cuando las acabo. Generalmente uno puede saltar de un cuento a otro en cualquier colección. Con estas no puedo, he de cerrar el libro, perder la mirada, disimuladamente, como ignorando la presencia del libro en la sala, como si no compartiéramos el mismo territorio. Lamentablemente, aún no tienen traducción en nuestro país. Aunque sé, de buena tinta, que hay alguien por ahí empeñado en que se publique en España.

[Larry Brown, Big Bad Love, Chapel Hill, N.C.: Algonquin Books, 228 pp.]

De Djuna Barnes se conoce, sobre todo, Nightwood (a la que T. S. Eliot calificó nada menos que de “posiblemente la mejor novela escrita por una mujer”). Sin embargo, sus cuentos son menos conocidos, y aun menos estos que hoy mencionamos, Smoke And Other Early Stories, rescatados por una pequeña editorial de culto americana con la intención de publicar en varios volúmenes la obra, digamos, menor o más ignota de la escritora afincada en Nueva York. Barnes demuestra en estos cuentos una habilidad narrativa extraordinaria, finísima, y una economía de medios envidiable. En un par de oraciones describe no sólo lo que está sucediendo al momento, sino cómo se ha llegado a esa situación aludiendo a detalles ambientales que revelan, si se me permite el vocablo, la microhistoria del minuto actual. Tienen, además, traducción española (Humo) en la editorial Anagrama.

[Djuna Barnes, Smoke And Other Early Stories, Los Ángeles: Sun and Moon Press, 1988, 182 pp.]

Hagamos hoy mención del amargo texto Nonconformity: Writing on Writing de Nelson Algren, escritor afincado en Chicago durante años, receptor del National Book Award en 1950 (el primero que se concediera) por su novela The Man with the Golden Arm y que después sería rescrita como guión cinematográfico, amante de Simone de Beauvoir e, irónicamente, traducido en Francia por el mismísimo Jean-Paul Sartre. Creo que el capítulo de su romance con la Beauvoir es el que le ha dado a Algren alguna publicidad en España, después de que la editorial Lumen tradujeran las cartas que ella le enviara a él durante años. Nonconformity, por su carácter combativo a la par que erudito, es un ensayo irreverente y muy oportuno en estos tiempos nuestros. Autocrítico con el modelo y estilo de vida americanos, es, en palabras de Kurt Vonnegut, un “manual para los marginales duros y amantes de hacer pública la verdad”. Escritos sobre la escritura y sobre la vida del escritor comprometido con su tiempo.

[Nelson Algren, Nonconformity: Writing on Writing, Nueva York: Seven Stories Press, 1997, 130 pp.]

Francisco Díaz de Castro es catedrático de Literatura Española en la Universidad de las Islas Baleares. Desde 2003 mantiene una línea de investigación en torno a la poesía y las poéticas comprendidas entre el final de la guerra civil y la actualidad, fruto de la cual ha publicado una serie de ensayos en volúmenes colectivos y ha leído diversas ponencias en congresos y cursos. Nueve ensayos, pues, constituyen este interesante volumen sobre la recepción, las poéticas y los libros de varios poetas del 27 y su entorno publicados a partir de los años cuarenta; dos terceras partes del libro están dedicadas respectivamente a Rafael Alberti y Luis Cernuda.

[Francisco Díaz de Castro, Poéticas y poetas contemporáneos. De Luis Cernuda a Juan Gil-Albert, Palma de Mallorca: Lleonard Muntaner, 2006, 224 pp.]

Antonio Calvo Carrión (1921-1979) fue un pintor sevillano afincado en Palma de Mallorca, creador del movimiento que él llamó universalismo y cuya amistad con Pere Serra le ha procurado en este momento una justa antológica en Es Baluard. El catálogo editado para la ocasión constituye ya un documento imprescindible para el conocimiento de la vertiente más creativa y personal de un artista que había oficiado de encargo en numerosas ocasiones. Su Manifiesto universalista (París, 1966), que el libro reproduce facsimilarmente, dista poco de una declaración de buenas intenciones sin hondura teórica, pero la obra reproducida es precisamente aquélla por la que Calvo Carrión puede pasar a la historia del arte. De un expresionismo dramático, matizado por la presencia de ciertos símbolos y por las influencias de Picasso, del cubismo, del arte precolombino, del indigenismo y del constructivismo americano, sus opresivas atmósferas y sus máscaras anónimas hubieran merecido mejor aparato crítico.

[Antonio Calvo Carrión, catálogo de exposición, Palma de Mallorca: Fundació Es Baluard Museu d'Art Modern i Contemporani de Palma, 2007, 144 pp.]

Així parlà Zaratustra

Friedrich Nietzsche. Un d’aquells llibres que se’ns dubte canvien la manera de ser de tots els que s’hi apropen amb voluntat atrevida. Així parlà Zaratustra constitueix un dels al·legats poètics més considerables de la història de la sensibilitat moderna; un llibre cabdal per assumir el paper a què està condemnat l’home en un món que ja s’ha desfet de qualsevol promesa redemptora. Zaratustra porta el missatge de la voluntat de poder, de la llibertat més enllà de Déu (‘Déu ha mort’), de la superació i acceptació del nihilisme. Discursos sublims, arravatats, d’una vehemència febril i efervescent, que trastoquen les formes del pensament habitual: ‘Morts són tots els déus: ara volem que visqui el Superhome’. Evangeli bulliciós, millora i superació de la paraula sagrada, Així parlà Zaratustra és un d’aquells llibres de lectura inesborrable. Passar pel món sense haver-lo llegit, sense embeure’s del seu licor fort i enaltidor, és un error massa reiterat. L’editorial Quaderns Crema ens torna a posar a l’abast la traducció extraordinària de Manuel Carbonell, ella per si sola ja constitueix una peça literària de nivell. ‘A cada moment comença l’ésser; entorn de cada Aquí roda l’esfera Allà. El centre és arreu. Corba és la senda de l’eternitat’. Així parlà Zaratustra.

[Friedrich Nietzsche, Així parlà Zaratustra, Barcelona: Quaderns Crema, 2007, 438 pp.]

Bukowski y el realismo sucio

Estaba yo ahora pensando que ya va siendo hora de que se vaya sacando del cubo de basura del realismo sucio al bueno del abuelo Bukowski. No me extrañaría que hubiera sido todo una sagaz maniobra editorial: estoy por jugarme el meñique de la mano derecha. El realismo sucio es el coto de caza de Richard Ford, de Raymond Carver y de Tobias Wolff, y pare usted de contar. Si Bukowski fuera a acabar bajo alguna techumbre clasificatoria (que lo dudo, a ver quién es el valiente que le pone un bozal a este perro), debería hacerlo en la del naturalismo, al estilo de Zola o de Dickens, por poner un par de ejemplos. Sin duda, lo de calificarle de sucio debió de quedar muy bien cuando lo presentaron al lector español en su día, cuando no lo conocían más que cuatro gatos por aquí, tras su éxito en tierras germanas y galas. Pero ahora el epíteto “sucio” ya no significa nada cuando se lo aplica al “realismo”, porque sucios, como mucho, son los escritores gore del tipo Matthew Stokoe y su Vacas, que utiliza lo nauseabundo con intención novelística premeditada. Bukowski nunca fue por esos derroteros. Y si no me creen, lean el último de sus poemarios.

[Charles Bukowski, The People Look Like Flowers At Last, Nueva York: Ecco, 2007, 301 pp.]

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