Bukowski y el realismo sucio

Estaba yo ahora pensando que ya va siendo hora de que se vaya sacando del cubo de basura del realismo sucio al bueno del abuelo Bukowski. No me extrañaría que hubiera sido todo una sagaz maniobra editorial: estoy por jugarme el meñique de la mano derecha. El realismo sucio es el coto de caza de Richard Ford, de Raymond Carver y de Tobias Wolff, y pare usted de contar. Si Bukowski fuera a acabar bajo alguna techumbre clasificatoria (que lo dudo, a ver quién es el valiente que le pone un bozal a este perro), debería hacerlo en la del naturalismo, al estilo de Zola o de Dickens, por poner un par de ejemplos. Sin duda, lo de calificarle de sucio debió de quedar muy bien cuando lo presentaron al lector español en su día, cuando no lo conocían más que cuatro gatos por aquí, tras su éxito en tierras germanas y galas. Pero ahora el epíteto “sucio” ya no significa nada cuando se lo aplica al “realismo”, porque sucios, como mucho, son los escritores gore del tipo Matthew Stokoe y su Vacas, que utiliza lo nauseabundo con intención novelística premeditada. Bukowski nunca fue por esos derroteros. Y si no me creen, lean el último de sus poemarios.

[Charles Bukowski, The People Look Like Flowers At Last, Nueva York: Ecco, 2007, 301 pp.]

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