Aseguran los prologuistas de este volumen que la ocasional desestructuración de su escritura es intencionada, que el público actual, acostumbrado a los cortes y flashbacks de las películas, lo entiende mejor que los contemporáneos de Arlt, que veían un fundido en negro entre escena y escena. Con todo, Arlt no es un innovador de lo narrativo (antes que él, Joyce ya había estado enredando con técnicas literarias que el cine adoptaría más adelante), pero lo que quiere hacernos saber lo dice bien. Y con gracia. Y con mucha mala leche, a veces. Otras, por el contrario, cubre las palabras con un pesado manto de tristeza y de derrota. Se las apañó, además, para escribir con un lenguaje florido y metafórico, en el que también insertó el habla de las gentes, de los porteños, sus insultos, sus tacos, sus dichos populares. Sartre y Camus, mediado el siglo pasado, observaron que el infierno son los otros, que siempre se es extranjero, incluso para uno mismo. Arlt ya nos lo había revelado 30 años antes que ellos, pero creo que a él no le hicimos demasiado caso entonces.

[Roberto Arlt, Los siete locos, (Flora Guzmán, ed.), Madrid: Cátedra, 1992, 352 pp.]

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