Cuando vuelvo a César Vallejo me pregunto por qué diablos dejé de releerlo para leer otros libros, otros autores que jamás se muestran capaces de devolverme a ese universo roto y doliente, pero completo y magnífico universo al fin, y un universo que me dice. Estos autores casi siempre me dejan alguna melancolía, la vaga sensación de haber perdido el tiempo desde la última relectura del peruano. La respuesta a por qué diablos hago otras cosas que no sean releer a Vallejo se me presenta en raras ocasiones. Hoy se da una de ellas, y la respuesta es que existen otros mundos: otros poetas como José Barroeta, escasos pero radiantes; libros como el que comentamos.

Y no es casual que Barroeta me suscite sensaciones o pasiones similares a las que me envolvieron cuando descubrí, ya hace muchos años, al poeta de Santiago de Chuco. En algún punto del prólogo del libro, Víctor Bravo habla de “atmósfera vallejiana”, pero hay más. ¿O es que acaso alguien va a creer casual que uno de los mejores poemas de Barroeta, su primer libro y ahora esta recopilación se titulen Todos han muerto?

Uno de los poemas póstumos de Vallejo, titulado “La violencia de las horas” y correspondiente a finales de los años veinte, consiste en una relación de los personajes de su pueblo que cuenta como muertos. Su primer verso es el siguiente: “Todos han muerto”. La casualidad suele estar lejos de los genios: cuando Barroeta titula una de sus propias composiciones con este verso de Vallejo no hace sino declararse heredero de alguna deuda oscura. Como el peruano, hace en su poema un repaso de cotidianidades extintas, de personajes del recuerdo. Como en el poema del peruano, el hablante lírico visita una aldea en la que todos han desaparecido y en la que la memoria causa una dislocada perplejidad e, incluso, cierta definitiva desgana.

Matizado por el paso de un cuarto de siglo, Barroeta publica en 1996 Culpas de juglar. En sus páginas hace explícita la deuda contraída por medio de un “Homenaje a Vallejo”. En este poema manifiesta y también asume explícitamente unas coincidencias básicas con su maestro: la imposibilidad de decir, el recurso a la metonimia de los huesos y los miembros corporales, la previsión de la propia muerte, el reconocimiento del no ser... En “Todos han muerto” decía Barroeta: “Me acostumbré a la idea de saberlos/ callados bajo tierra”; ahora le dice a Vallejo: “Yo no te pregunto cómo será tu muerte de poeta/ enterrado entre nosotros”. La muerte se instala con suavidad en el discurso barroetiano, con cierta indiferencia incluso, porque confiesa que le “gustaba más la nada que el olvido”.

En su día, Vallejo había cerrado su poema citado con el siguiente verso: “Murió mi eternidad y estoy velándola”, una afirmación también plena de desesperada resignación. Barroeta salda en su “Homenaje” las cuentas pendientes con un sobrecogedor verso final que declara identificación y gratitud: “tú te pareces a la muerte y a lo que viví”.

[José Barroeta, Todos han muerto. Poesía completa 1971-2006, Canet de Mar (Barcelona): Ediciones Candaya, 2006.]

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