He aquí el homólogo neoyorquino de Chicago: City on the Make, aquel poema en prosa (o prosa lírica, o crónica épica con rostro urbano) que en 1951 Nelson Algren dedicara a la ciudad de anchos hombros que descansa a orillas del lago Míchigan y que en su día reseñamos en estas páginas hechas de aire. También Walt Whitman, tras celebrarse y cantarse a sí mismo, había celebrado y cantado los escenarios que rodeaban las riberas del río Hudson, la primavera inundando las tardes de Union Square, la calle Broadway a rebosar de gentes en perpetuo movimiento, aquella Manhattan suya del último cuarto del siglo XIX: “Altogether it is to me the marvel sight of New York”, el maravilloso espectáculo que siempre es Nueva York, tal y como concluía en su artículo del 24 de mayo de 1879. Y es el turno ahora, a comienzos del siglo XXI, de que Colson Whitehead, oriundo de Nueva York (“Yo estoy aquí porque nací aquí y en consecuencia no sirvo para ningún otro sitio, pero tú no sé”, p. 13), nos lleve de la mano por una ciudad en la que el mismo Whitman se sentiría extranjero (“Existen ocho millones de ciudades descarnadas en esta ciudad descarnada: polemizan y discuten entre sí. La ciudad de Nueva York en que tú vives no es mi ciudad de Nueva York; ¿cómo podría serlo? Este lugar se multiplica cuando no miras”, p. 16). Es posible que incluso una lectura de urgencia, a modo casi de guía turística, deje algún poso en el alma de quien se acerque a este libro, así que ya pueden imaginar el desaguisado que el lector reposado experimentará cuando transite por los trece capítulos que componen la polifonía coral de este canto neoyorquino, trece capítulos que recorren otros tantos escenarios, temporales y espaciales, del trajín cotidiano de una urbe que parece como si nunca quisiera echarse a dormir. El puerto en la bahía que nos recibe, la marabunta que hierve en el metro subterráneo, las calles regadas por la lluvia inclemente formando ríos de agua al ras de las aceras y ríos de gentes corriendo a refugiarse del aguacero, calles y barrios y plazas que a todos nos suenan ya familiares de tanto que los hemos escuchado en mil y una películas (Broadway, Coney Island, Brooklyn, Times Square…), pero que, vistos a través del prisma de Whitehead, parecen renovarse, recuperar su extrañeza, su diversidad, como si se estuvieran sacudiendo un pesado manto de tópicos que les viene demasiado estrecho, demasiado ceñido, que los comprime hasta perder el aliento. Nueva York es también el reino de los despertadores que se activan histéricos para los que se dirigen a su quehacer diario, tanto si han pasado buena noche como si se levantan resacosos, el lugar de la hora punta de pesadilla en el que la muchedumbre se apelotona en aceras, escaleras, ascensores, entradas y salidas de edificios, en que los enjambres tratan de llegar a sus panales atravesando una ambiciosa carrera de obstáculos, que no es sino un fracaso anunciado ya desde el instante en que se oyó el pistoletazo de salida (“Una delegación de cadáveres pasa tambaleándose sobre tacones de precaria estructura”, p. 167). Y Nueva York es también una huida, es un aeropuerto desde el que salir, volar, soñar con la vista puesta en el pasado y la esperanza caminando por delante, pero siempre recelosos de la permanencia de las cosas: “Hablar de Nueva York es un modo de hablar del mundo”.

[Colson Whitehead, The Colossus of New York; trad. esp. de Cruz Rodríguez Juiz, El coloso de Nueva York, Barcelona: Mondadori, 2005 (2003), 201 pp.]

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