Merodeando por los rincones del infierno

Bienvenidos a la lectura por el placer de la lectura, a las palabras que desaparecen tras las imágenes que se generan en algún punto, o en alguna zona, detrás de los globos oculares, demasiado ocupados en seguir los giros, las curvas y el zigzagueo de los apretados renglones sobre el papel. Bienvenidos, pues, al abandono total de uno mismo, a las sensaciones a flor de piel y la palabra que se te viene a los labios, al aviso imposible a un personaje sumergido en una laguna de tinta, al gemido que se escurre entre las sudorosas yemas de los dedos. A quien no le suene el nombre de Dennis Lehane, permítame unas pinceladas que le pongan sobre la pista: ¿ha visto usted la película Mystic River, dirigida por Clint Eastwood y protagonizada, entre otros, por Sean Penn? ¿Sí? Bien, pues la novela en la que se basaba el guión, homónima, es de Lehane, aunque sea posterior e independiente de ésta de hoy. Gone, Baby, Gone (la cuarta de la serie de cinco dedicada a los inspectores de policía Patrick Kenzie y Angela Gennaro) comienza con una especie de obertura, lírica en su empeño evocador y filosófico, y estremecedora porque nos indica el hueco en la pared por el que mirar a hurtadillas a un universo (los lugares, con nombres como Boston, Dorchester, etc., han sido alterados hasta tal grado para adecuarlos a la narración que resulta virtualmente imposible identificarlos con sus referentes reales) relatado en dos extensas partes (“Indian Summer, 1997” y “The Cruelest Month”, que no es otro sino el mes de abril, en una sutil alusión al primer verso de La tierra baldía de T.S. Eliot) y un respiro intermedio, esto es, una fugaz segunda parte titulada “Invierno”, de narración espesa y dolorosa. El volumen se cierra con página y media de coda, escrita con la misma letra cursiva de la obertura inicial, lo cual da al conjunto un aire de sinfonía mahleriana. La prosa de Lehane es limpia y tajante, sincopada y melódica a la vez que cinematográfica, su inglés suena a cotidiano pero está, sin duda, tamizado por doce mil lecturas previas que hacen que se te meta por los ojos y los oídos y te viaje por todo el torrente sanguíneo hasta los dedos de los pies… ¿Cómo dicen? ¿Que me deje de tanta metáfora y pase de una vez a la trama? Pues mucho me va a perdonar mi querida media docena de lectores, pero por mucha pancarta garabateada con imprecaciones hacia mi persona que desplieguen, no daré mi brazo a torcer: no hay trama que valga, al menos no saldrá de mi teclado ni lo verán en sus pantallas. Lean el libro, háganme caso. Y sepan disculpar este tono excesivamente familiar y personal, pero no cabe otra que dirigirme a ustedes con argumentos ad hominem. Aunque, ahora que lo pienso… ¿Sabían ustedes que también ronda otra película en torno a esta novela? ¿Y que la semejanza de la actriz que hace el papel de la niña secuestrada de la novela con otra niña, de origen inglés, la cual ha salpicado noticieros televisivos, revistas y periódicos durante meses por motivos similares a los de la trama de la novela, llevó a la productora de la película, rodada hace años, a paralizar su estreno en varias ocasiones por miedo a que se estableciese un paralelismo entre la cinta y la realidad? Y basta ya de carnaza. Ahora, a leer. Para ello, los que no se hallen con el inglés cuentan con traducción al español.

[Dennis Lehane, Gone, Baby, Gone, Nueva York: HarperCollins, 2001 (1998), 412 pp.]

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