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Resulta artificioso identificar un movimiento estético-cultural con la mera acumulación de textos, máxime cuando sus autores (Federman, Auster, Coover, DeLillo, Vollman, Fairbanks, Gibson, Robbins, Ellis, Sukenick y un largo etcétera, hasta llegar a 32) eluden su incorporación a cualesquiera movimientos literarios, y eso a pesar de que algunos de ellos se hallen acomodados en su blando sofá de la ortodoxia académica con etiquetas que ya no asustan a nadie, tales como “ciberpunk” o “posmodernidad”. La palabra “vanguardia” se escribe en inglés “avant-garde” (un vocablo heredero del francés “vanguard”), y de ahí el nombre de esta (presunta) corriente literaria: “avant-pop” sería, entonces, algo así como “nuevo-pop” o, para darle un matiz filosófico, “post-pop” o, mejor aun, “hiperpop”. Ya puedo adivinar una media sonrisa descreída en las bocas de los lectores, pero es que, en esta excursión hacia los confines literarios, sin unas buenas provisiones del sufijo hiper- en la mochila no vamos a llegar ni al primer pueblo del mapa. Así, antes de partir hacia lo más ignoto, debemos proveernos de grandes dosis de hiperrealidad –léanse los ensayos de Lipovetsky al respecto (no incluidos en el lote)–, de hiperconsumo y de hipermercado –no se vuelvan a sonreír, que les veo: antes, lean el ensayo de Houellebecq (se vende por separado)– y, en referencia al universo de la computación, de hipervínculo o hipertexto. No querría ni desdibujar las intenciones del compilador, ni tampoco infravalorar la (presunta) enjundia de su fornida (¿hinchada?) introducción, pero a mí esto me huele al típico eclecticismo de los académicos estadounidenses de las postrimerías del siglo pasado. Lo cual no tiene que ser motivo de rechazo (la Grecia helenística conoció su periodo de indefinición doctrinal, como también hubo tendencias eclécticas en Roma, entre los autores cristianos, en el Renacimiento e, incluso, durante el s. XVIII), pues eclecticismo no tiene por qué ser sinónimo ni de sincretismo (fusión, o confusión) ni de integracionismo (una nueva creación). McCaffery entiende, en fin, que el collage, la improvisación, la publicidad, los mass media, los espectáculos y la tecnología, aderezados con una pizca de dadá y situacionismo (por eso de añadirle un toque europeizante), han influido definitivamente sobre lo literario, y muestra de ello son los autores de su antología. Amén.

[Larry McCaffery (ed.), After Yesterday’s Crash: The Avant-Pop Anthology, Nueva York y Londres: Penguin, 1995, 348 pp.]

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