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¿Que quién es Edward Bunker? Pues es el Mr. Blue de Reservoir Dogs, la película de Tarantino; es, además, quien escribió la novela Animal Factory y la adaptó al cine con título homónimo, una película que protagonizó un Willem Dafoe con la cabeza rapada y muchos años de cárcel por delante. Edward Bunker escribe de lo que, a su pesar, mejor conoce: los reformatorios (desde los 11 hasta los 16 años), atracos, narcóticos, armas y, por fin, la cárcel. La primera fue la del condado de Los Ángeles, aún adolescente, de la que escapó, para acabar dando con sus huesos en San Quintín, donde cumplió dos condenas, una de 4 años y medio (por su huída) y otra de 7 (por extorsión y falsificación de cheques). Más tarde, en Washington, cumpliría otra de 6 años, por robo a mano armada; allí entró en huelga de hambre y, en respuesta, las autoridades le trasladaron a la prisión de Marion (en el estado de Illinois), de máxima seguridad. Bunker lo intentó todo para readaptarse cada vez que salía de la cárcel, pero la sombra de San Quintín era espesa y persistente, y siempre volvía tras las rejas. ¿Su salvación? La escritura. Dog Eat Dog es una autobiografía novelada, o una novela autobiográfica, sobre criminales, escrita por un ex-criminal y ex-convicto y, sobre todo, desde el punto de vista del criminal. ¿Alguna diferencia con novelas del género? Una, y fundamental: el lector no llega a conectar con los protagonistas, no puede haber empatía hacia ellos, pues su maldad no es antiheróica –en el sentido moderno de la palabra– sino del todo canalla, son la jauría que se devora a sí misma, tal como la imagen del título sugiere. La trama, lineal, es sencilla. Tres hombres salen de prisión y deben adaptarse a la vida civil, pero les resulta imposible: uno de ellos no puede apagar su odio visceral hacia el sistema, otro sigue aún en la nómina del crimen organizado y muestra por éste mayor interés que por su hermosa casa y su bella (aunque cargante) esposa, y el tercero arrastra tantos demonios dentro de sí que ya no sabe ni quién es él mismo. A esto se añade la omnipresente perpetuación de la crueldad y la violencia organizada por el propio sistema y el rechazo social que sufren los tres ex-convictos. Planean, como reacción, el golpe perfecto, el que les permita dejarlo para siempre, pero...

[Edward Bunker, Dog Eat Dog, Nueva York: St. Martin’s Press, 1996, 240 pp.]

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