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¿Qué sucede cuando un hombre no se encuentra a gusto dentro de su propia piel? ¿Se despelleja vivo? ¿Se arranca la piel a tiras hasta que deja al descubierto el músculo sanguinolento? Y ¿será la sangre del indio igual que la del blanco? Algo parecido cabe preguntarse con la propia condición sexual: ¿te lo arrancas de un tirón? ¿Lo cercenas con unas tijeras de podar? ¿Es un colgajo y un saquito lo que hace hombre al hombre? ¿Y qué hace padre al padre, hijo al hijo? ¿Su mutua relación obligada, biológica? Dicen los neurobiólogos que las diferencias entre un zurdo y un diestro son mayores que las que existen entre un blanco y un negro, o entre un blanco y un indio. Y digo “indio”, y no “nativo norteamericano”, como se debe expresar con el eufemismo de la corrección política estadounidense, que es la otra cara de la moneda de las leyes a punta de pala que segregan a las gentes en barrios y áreas cuyas barreras son tan invisibles como insalvables. Sherman Alexie habla con la lengua del hombre blanco, y escribe una colección de relatos sobre definiciones y fronteras: “En lo que respecta al amor, el matrimonio y el sexo, tanto Shakespeare como Toro Sentado conocían la única verdad: los pactos se rompen”. Y, así, una india casada con un blanco quiere acostarse con un indio, con cualquier indio, sólo porque es indio; un hijo le pregunta a su padre moribundo por el sentido de su condición racial, y no para de preguntárselo, incluso con su padre ya muerto en sus brazos; los hombres aman, y los hombres mueren, y mientras Sherman Alexie sonríe y tira con ironía de los hilos de sus personajes, una ironía que le permite dar un paso atrás y, desde esa distancia de seguridad, observarlos a todos, a esos personajes que no son grandes estrellas con sus nombres brillando en las carteleras de Hollywood, pero que tampoco son individuos marginales y humillados. La vida es obscena y huele mal, la vida es sudor y gangrena, pero durante un instante, durante un brevísimo segundo que casi ni parece un segundo, todo parece cobrar sentido...

[Sherman Alexie, El indio más duro del mundo, Barcelona: Muchnick Editores, 2001, 255 pp.]

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